lunes, 1 de agosto de 2016

Camilo Tale: el bien común

La noción tomista de bien común no siempre es bien entendida. Aunque la bibliografía es enorme, muchas exposiciones son difíciles de comprender salvo que uno haya tenido la oportunidad de profundizar en el pensamiento del Aquinate. Hay obras tomistas muy rigurosas, de profundo calado metafísico, pero poco didácticas. Otros trabajos, son más didácticos pero demasiado elementales.
No es raro encontrarse con nociones deformadas del bien común. Así, por ejemplo:
- Hay personas que piensan que el bien común es un sinsentido, legitimador del abuso gubernamental. Dice un amigo: el bien común es cuando el Estado te roba y quiere disimular...
- Otros conciben al bien común de modo idealista. La imaginación juega su papel en este planteamiento (el bien común se imagina como una esfera luminosa, que está en algún lugar). Se lo piensa como una Idea pura, estática, que está en un mundo ajeno al nuestro, que debe encarnarse en la realidad social, pero que sólo puede realizarse en su plenitud o no existir. Por tanto, si no se da perfecta encarnación, no hay bien común en ninguna de sus dimensiones, sino una nada política, un puro vacío. 
Este es un planteamiento dicotómico y en última instancia maniqueo. No logra verse que bien común es noción que remite a una realidad práctica: algo que no “está ahí” sino que "se hace" (y deshace) cotidianamente por el entramado de conductas de las personas que integran la sociedad. No es un bien simple sino un conjunto de bienes articulados (en el argot tomista: no es todo unívoco sino totalidad análoga). Y como realidad operativa, admite diversos grados de realización, que van desde un mínimo elemental hasta un máximo de perfección (que tendrá siempre limitaciones, como todo lo humano temporal, derivadas de condiciones existenciales).
Ofrecemos a nuestros lectores páginas de un libro del Dr. Camilo Tale que pueden ayudar a una mejor comprensión del bien de la comunidad política. La exposición de Tale combina armónicamente la profundidad filosófica con aplicaciones particulares y ejemplos didácticos. Merece especial recomendación la cuestión del bien común optimal -concreto, determinado por las circunstancias espacio-temporales- como antídoto contra la ilusión de esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno.

domingo, 31 de julio de 2016

Occidente, víctima de su corrección política

Occidente, víctima de su corrección política con el islamismo radical
Por George Chaya
Más allá de cualquier debate ideológico y lejos de rozar la sensibilidad hipócrita de aquellos que se escudan en una supuesta islamofobia victimizante, es un hecho concreto la influencia del islam en los asesinatos que las organizaciones extremistas ejecutan sin piedad. Sobran ejemplos en los que el accionar y la presencia de la religión son un factor desencadenante de estos crímenes. Como es lógico, ante la brutalidad que ejerce el extremismo, el desconocimiento sobre él y las excusas que provienen del propio islam ayudan a que las cosas parezcan ponerse cada vez más difíciles para funcionarios, analistas políticos y periodistas occidentales.
Esto es notorio frente a la creciente expansión del terrorismo, más aún cuando se trata de abordar y lidiar con algo que nunca han podido entender. Sin embargo, es tiempo de frenar a los asesinos y desenmascarar sus falacias victimistas. Para ello, la comunidad internacional debe enfrentar esta endemia en la forma correcta y sin temblor de mano. Sólo así se podrá detener la expansión del terrorismo islámico, pues está demostrado que el propio islam no lo hace ni lo hará. En consecuencia, es tiempo para el mundo libre de  vestirse con pantalones largos y poner fin a esta situación. El éxito o el fracaso de los criminales está conectado con la corrección política y el doble discurso de Occidente, y ya no puede ocultarse. Ya no es relevante que el mundo árabe islámico sindique de enfermos, locos o malos creyentes a sus propios fieles. Ellos matan en nombre del mismo Dios que une a todos los musulmanes. Por ello, lo que definitivamente debe entenderse es que estamos frente a una guerra contra el mismo enemigo que no duda en asesinar inocentes en nombre de su Dios. El nazismo hoy está prohibido por ser una ideología supremacista, extremista y fascista que representa una amenaza directa a la humanidad. Su historial sangriento es relativamente reciente, y el odio de su fuego aún quema bajo las cenizas de la destrucción, como los crímenes que generó en el siglo pasado.
En este tiempo, se percibe el comienzo de un camino hacia un tipo similar de destrucción que proviene del islamismo, y ello ocurre porque la comunidad internacional y muchos gobiernos árabes han permitido que los extremistas impongan sus agendas. Años atrás, éramos pocos los que alertábamos sobre este fenómeno. Hoy, el mundo es plenamente consciente de la gravedad de la situación a la que los terroristas musulmanes nos han arrastrando. Los extremistas han tenido éxito en las percepciones de personas confundidas respecto de lo que es justo y lo que es injusto, sobre quién es amigo y quién, enemigo.
También, están tratando de dividir a la gente de acuerdo con su secta, grupo étnico y pertenencia. Así definen las cosas entre el bien y el mal en la medida en que las ideas de la identidad alternativa supera la lealtad a su país, algo que se supone que debe tener prioridad sobre la propia fidelidad, incluso a la tribu o a la secta, y que debería asegurar que todo el mundo tenga los mismos derechos e iguales responsabilidades. En medio de esta atmósfera ponzoñosa, el concepto del islamismo y la religiosidad son las mayores amenazas para la destrucción de las estructuras civiles para dividir las sociedades, y los discursos del islam pretenden quebrar y violentar la columna vertebral del mundo libre y de su estructura jurídica y normativa. No se debe, ni se puede, concesionar ya nuestros valores occidentales, nuestros derechos ni libertades ante quienes mienten y asesinan con falsos discursos que han demostrado ampliamente que –de paz y hermandad– sus creencias religiosas no tienen nada.
Visto en:


miércoles, 27 de julio de 2016

Waugh y la misa latina tradicional

¿Qué tiene que ver uno de los mayores novelistas ingleses con la Latin Mass Society?

Evelyn Waugh, autor de Brideshead Revisited ("Retorno a Brideshead") y un católico prominente, tuvo graves preocupaciones en la década de 1960 acerca del Vaticano II y las reformas litúrgicas. Publicó muchos artículos y registró en sus diarios y correspondencia qué tan agraviado se sentía por la reforma de la Semana Santa en 1955, la misa dialogada y la misa en ingles.

En un artículo para el Spectator al comienzo del Concilio, escribió:
"Participación" en la Misa no quiere decir escuchar nuestras propias voces. Sino que significa que Dios escuche nuestras voces. Sólo Él sabe quién está "participando" en Misa. Creo, comparando cosas pequeñas con grandes, que "participo" en una obra de arte cuando la estudio y la amo silenciosamente. No necesito gritar .[...] Si los alemanes quieren ser ruidosos, dejémoslos. ¿Pero por qué deben perturbar nuestras devociones? 
Ésa es la idea clave: las respuestas, el inglés, el saltar para pararse o sentarse, los saludos, etc. "perturban nuestras devociones": el asunto serio de comprometerse orando en la Misa. 

En 1965 se hicieron varios ensayos con el fin de conformar una organización para Inglaterra y Gales en defensa de la Misa latina. Luego de que se publicara una carta en The Catholic Herald el 22 de enero de 1965, escrita por un banquero llamado Hugh Byrne, que sugería la formación inmediata de una organización, se conformó un grupo que puso a rodar la idea.

Quedó registrado en la prensa en 1965:

Esta semana se realizaron esfuerzos para dar inicio a una sociedad de la Misa latina a nivel nacional en Gran Bretaña. El Sr. Evelyn Waugh, uno de los más duros oponentes del vernáculo, recibió la oferta para convertirse en presidente de esta sociedad, la cual tendrá como meta hacer campaña para conservar al menos una Misa latina rezada en cada iglesia todos los domingos.

Evelyn Waugh fue instrumental, junto a Sir Arnold Lunn y Hugh Ross Williamson, en la fundación de la Latin Mass Society en la Pascua de 1965. Rechazó el ofrecimiento de la presidencia de la LMS, posiblemente por sus problemas de salud, pero continuó apoyando la organización hasta su muerte en 1966.

Para conmemorar los 50 años desde su muerte, el viernes 8 de julio pasado la Latin Mass Society organizó unas vísperas pontificales en la iglesia católica St. Mary Magdalen de Wandsworth, Londres en memoria de Evelyn Waugh, celebradas por el arzobispo Gullickson, nuncio apostólico en Suiza, con música renacentista de Asola y Palestrina, y del contemporáneo de Waugh Edward Elgar. 


En este otro enlace se puede leer un artículo sobre el mismo asunto aparecido el día 8 de julio 2016 en The Catholic Herald, escrito por Clare Bowskill, "Evelyn Waugh's forgotten battle to preserve the Latin Mass".




lunes, 25 de julio de 2016

Miguel Ayuso en Buenos Aires


El presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, Prof. Miguel Ayuso, disertará el próximo martes 26 de julio a las 19 horas sobre "El problema de la democracia cristiana. Una perspectiva hispanoamericana" en el salón Brown del Centro de Oficiales de las Fuerzas Armadas, Av. Quintana 161, Buenos Aires.
Presentará al Prof. Ayuso el Dr. Miguel Juan Ramón de Lezica.
Estarán a la venta ejemplares de la revista Fuego y Raya, publicación semestral hispanoamerica de historia y política del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II.

Rogamos su difusión.

jueves, 21 de julio de 2016

¿Mirada parusiaca o quietismo apocalíptico?


Tal vez el aporte más notable del P. Castellani haya sido llamar la atención sobre la centralidad del dogma escatológico como especificativo del ser cristiano. Con acribia teológica y gran talento literario, Castellani nos recordó la importancia de ampliar el horizonte con la mirada parusiaca. Y de vivir en eso que se ha dado en llamar tensión escatológica. Lo cual nos previene de los mesianismos temporales que cifran la perfección en algún bien intramundano. Pero hay grandes verdades que, cuando se sacan de quicio, enloquecen. Veamos algunos peligros:
1. Curiosidad indiscreta. Lo seguro es que el Señor vendrá. Pero la Escritura enseña que nadie sabe el día ni la hora (cfr. Mc 13,33-37). Cristo reveló lo que era necesario y conveniente; y a la vez quiso mantener la incertidumbre acerca del momento preciso en que acontecerá la Parusía. Es un error ponerse a buscar revelaciones privadas que complementen la Revelación pública para remediar una incertidumbre querida por el Señor.
La indeterminación del momento temporal de la Segunda Venida no debe ser obstáculo para una vida cristiana auténtica, ni fuente de desasosiego. Como lo hizo notar San Atanasio:
“No conocer cuándo será el fin ni cuándo será el día del fin es útil a los hombres. Si lo conocieran, despreciarían el tiempo intermedio, aguardando los días próximos a la consumación. En efecto, sólo entonces alegarían motivos para pensar en ellos mismos. Por esto guardó silencio sobre la consumación de la muerte de cada uno para que los hombres no se enorgullecieran con tal conocimiento y no comenzaran a pasar la mayor parte del tiempo irreflexivamente. Ambas cosas, la consumación de todo y el final de cada uno, nos lo ocultó el Verbo (pues en la consumación de todo se halla la consumación de cada uno y en la de cada uno se contiene la del todo) para que siendo incierto y siempre esperado, cada día avancemos como llamados, tendiendo hacia lo que está delante de nosotros y olvidando lo que está detrás (Flp 3, 13)” (Contra Arrianos 3,49).
2. Parálisis moral. Cristo enseñó que para entrar en la vida eterna hay que cumplir los Mandamientos (Mt 19,16-17). De ningún modo dijo que ante la inminencia de la Parusía algunos cristianos -creyéndose superiores a los demás por su mirada parusiaca- estarían dispensados de cumplir los Mandamientos y de practicar las virtudes. Por el contrario, se deben cumplir todos los Mandamientos; practicar todas las virtudes. Dentro de las cuales se incluyen virtudes sociales como la piedad patriótica, la justicia legal y la caridad social. Jamás se puede pensar que ante la inminencia de la Segunda Venida los cristianos deban "congelarse" en una suerte de "ataque de pánico".
3. Descuido de los deberes de estado. La palabra deber ha sufrido un desprestigio, por lo cual pareciera que hablar de deber de estado implica solidarizarse con la ética kantiana. Pero esto no es correcto: los deberes de estado no son otra cosa que la concreción de los Mandamientos y de las virtudes a las distintas situaciones en las que se encuentra un ser humano: familia, profesión, sociedad, comunidad política. “Nadie puede, pues, santificarse sin guardar los […] deberes de su estado; descuidarlos, so pretexto de dedicarse a obras de supererogación, es ilusión perniciosa, y una verdadera aberración; no hay que decir que el precepto es antes que el consejo.” (Tanquerey).
San Pablo tuvo que enfrentarse con este modo particular de parálisis moral que es el descuido de los deberes del propio estado (cfr. cf. 1 Tes 5:14; 2 Tes, 3:6-15). Así describe la actitud de algunos cristianos el comentario bíblico de la BAC a los textos del Apóstol:
“…ante la persuasión de una próxima parusía, descuidaban el trabajo, con los consiguientes trastornos para la vida de la comunidad…”.
“…la preocupación escatológica de los tesalonicenses, quienes andaban agitados y algunos ni trabajaban, pensando en que todo iba a terminar muy pronto.”
Estos tesalonicenses descuidaron sus deberes de estado profesionales. Pero la enseñanza paulina vale también para otros deberes familiares, sociales y políticos.
En suma, la mirada parusiaca no justifica un quietismo apocalíptico, ni tampoco debe causar en los seglares la fiebre desordenada por una fuga del mundo específica del estado religioso. Hay que “vivir el momento actual pensando en la eternidad” (Garrigou-Lagrange), en tensión escatológica, tanto personal como colectiva, sin que esta última se convierta en opio para los laicos o implique una rebaja en su vocación.

sábado, 16 de julio de 2016

Pacifismo

En el pasado publicamos en nuestra bitácora una entrada sobre el belicismo. Hoy toca decir algo sobre el pacifismo.
Para el pacifismo nunca hay derecho a derramar la sangre de otro. Sólo se puede resistir a la violencia con medios no violentos. Los pacifistas cristianos se apoyan en el Decálogo y en el Evangelio. La modalidad más seria del pacificismo se funda en argumentos morales: en la guerra mueren inocentes, personas que no son combatientes. Dado que matar al inocente es un acto intrínsecamente malo, intervenir en una guerra implica descalificación moral para el que lo realiza. Quien participa en una guerra se involucra en numerosos homicidios, de funestas repercusiones para la humanidad, pecando contra el Quinto Mandamiento. Lo hace como agente principal, causando el resultado letal, o bien como cooperador, consintiendo el homicidio que cometen otros. En todo caso, además, quien toma parte de un conflicto bélico, se expone a una ocasión próxima de pecado, al insertarse en una estructura pecaminosa. Consecuentes con estos argumentos los pacifistas son objetores de conciencia. Dado que consideran a la guerra como algo intrínsecamente deshonesto, la única opción legítima para el cristiano sería negarse a prestar cualquier cooperación con las fuerzas armadas, por lo cual estiman ilícito el servicio militar voluntario u obligatorio.
En estos argumentos pacifistas hay varios errores de juicio moral. En primer lugar, una concepción “fisicalista” del objeto, que identifica el objeto físico con el objeto moral. En una guerra se mata al enemigo y tal resultado es físicamente idéntico al de un homicidio, pero en el plano ético no se da tal confusión. En segundo lugar, el pacifismo no llega a distinguir adecuadamente entre matar a un enemigo (o injusto agresor) y matar a un inocente. En tercer lugar, es intrínsecamente malo matar directamente a un inocente. Esta última precisión se comprenderá mejor con un ejemplo clásico, conocido como tormenta bélica:
Para atacar el centro de operaciones del enemigo se puede bombardear con precisión determinadas zonas, lo que otorgaría la victoria. Sin embargo, se ha detectado la presencia de civiles no combatientes en la zona de bombardeo.
El caso recibió tratamiento explícito por parte de Francisco de Vitoria. Y tiene una solución pacífica y secular en la doctrina católica: es lícito en una guerra justa dirigir la tormenta bélica (cañones, aviación, etc.) contra los objetivos militares de una ciudad, aunque acaso tengan que perecer inocentes.
La solución no es más que una aplicación del principio de doble efecto (denominado como mal menor). Lo cual supone que la guerra no es intrínsecamente perversa; que la defensa de la patria es un bien objetivo; que ello es lo que se intenta directamente y no la muerte de los civiles, que es un efecto malo no querido de modo directo; que dicha muerte no es un medio para conseguir el fin; y que hay una razón grave para actuar.
En cuanto al argumento de la ocasión de pecar que usan los pacifistas, se debe reconocer que una guerra puede ser ocasión de pecado, ya que implica un cúmulo de circunstancias exteriores que son facilidades e incitaciones muy poderosas para pecar; circunstancias que no se buscan directamente sino que se presentan o imponen desde fuera. Pero este argumento tiene una respuesta tradicional: es legítimo colocarse en ocasión de pecar mediando causa justa y proporcionada. Y el bien de la patria ciertamente es causa justa y proporcionada para hacerlo.
Al margen de las buenas intenciones de los pacifistas, el pacifismo está equivocado.

jueves, 7 de julio de 2016

Malvinas, ¿guerra justa? (y 3)

4ª Último recurso.
La guerra tiene que ser necesaria para obtener el restablecimiento de la justicia. Esto implica que se hayan probado todos los medios pacíficos posibles para resolver las diferencias y que se haya fracasado por causa de la mala voluntad del adversario.
Bernardino Montejano ha dado cuenta de las dificultades que entraña esta condición de último recurso:
“...pensamos hoy, en perspectiva, por más que antes del combate se sucedieran años de reclamos pacíficos, [...] que no fue el último remedio. Se pudieron dar otros pasos como cortar las relaciones diplomáticas, prohibir el intercambio, efectuar presiones económicas, bloqueos, etc.”
No obstante, cabría objetar que si se diera a esta exigencia de último recurso un valor absoluto, se llegaría al extremo de una diplomacia perpetua, a un diálogo sin término, que jamás haría justicia. Es bastante difícil sostener que este requisito se cumplió plenamente. Pero, con algunas dudas, parece que se cumplió en un mínimo suficiente.
5ª Proporcionalidad.
Se pide con esta condición medir los previsibles males derivados de la guerra y compararlos con los bienes que se seguirán de ella. La prudencia debe atemperar el uso del derecho a la guerra en función de las exigencias del bien común nacional y del orbe. Así lo expresaba Vitoria:
“Ninguna guerra es justa, si consta que se sostiene con mayor mal que bien y utilidad de la república, por más que sobren títulos y razones para una guerra justa… Porque si la república no tiene poder de declarar la guerra sino para defenderse a sí y a sus intereses, y para protegerse, está claro que cuando ella con el hecho mismo de la guerra, más bien pierde y se agota que se acrecienta, la guerra será un desatino, declárela el rey o la república.”
“Una guerra es injusta por la sola razón de que, a pesar de su utilidad para una provincia, causaría perjuicio al universo y a la cristiandad”
No vemos que el conflicto implicara un daño político desproporcionado para la Argentina ni una lesión importante del bien de la comunidad internacional. Nos parece que se cumplió esta condición.
Probabilidad de éxito.
Este requisito es casi una aplicación del anterior, ya que se trata sencillamente de no meterse en una guerra cuyas probabilidades de éxito son nulas. No se exige certeza de la victoria; basta con una fundada probabilidad de éxito.
En contra de la existencia de esta condición se han expuesto objeciones de peso. Tal vez el Informe Ratenbach sea la exposición más extensa (17 volúmenes) sobre la mala praxis militar argentina. Dicho informe calificó a la guerra de las Malvinas como una “aventura militar”. Y una aventura, a pesar del heroísmo de muchos combatientes, mal puede cumplir con el requisito de probabilidad de éxito.
Pero a estos argumentos se oponen declaraciones de altos militares británicos que intervinieron en el conflicto, en las cuales reconocen que en determinado momento existió gran probabilidad de una victoria argentina. Así, el comandante Sir John Woodward, declaró que “si ellos [los argentinos] hubieran resistido una semana más la historia hubiera podido terminar de manera muy diferente. Imagínense qué diferente podría haber sido nuestra historia política reciente”.
A nuestro modo de ver, la guerra de 1982 cumplió con este requisito de modo suficiente.

lunes, 4 de julio de 2016

Malvinas, ¿guerra justa? (2)



2ª Causa justa.
Este requisito consiste en restablecer el orden justo y pacífico que ha sido turbado. Para Vitoria la guerra es un acto de justicia penal, en el cual el beligerante justo obra en calidad de juez por delegación del orbe. Lo cual incluye la recuperación de lo que se ha quitado injustamente.
La guerra de Malvinas tuvo justa causa. Probablemente se trate de la condición de legitimidad más plenamente cumplida en este conflicto bélico. En efecto,
 “Hace casi 150 años Inglaterra tomó por asalto las Islas Malvinas. Su gran poder le permitió gozar de impunidad pero no sanear sus títulos. La Argentina reclamó con firmeza y paciencia. Soportó los agravios. Exigió por la vía pacífica de las negociaciones que se le restituyera lo suyo.
Y ante nuevas injurias […] buscando no causar bajas ni daños en el enemigo se dispuso a recuperar lo que siempre le perteneció” (Bernardino Montejano)
Exponer los fundamentos del derecho de la Argentina sobre las Malvinas y responder a las objeciones británicas excede los límites de una bitácora.
3ª Recta intención.
Para que una guerra sea justa se requiere  que la intención sea recta: promover el bien y remediar el mal. 
Sin embargo, se objeta la presencia de intenciones torcidas de parte del gobierno argentino. Algunos sostienen que la guerra de Malvinas fue “una maniobra de Galtieri y su Junta para coronar su guerra sucia interna con los laureles de una guerra convencional”; otros, que se empleó la guerra para encubrir la decadencia del gobierno militar; o bien que se trató de un recurso populista para ganar una aceptación social que facilitara la continuidad en el poder.
En Santo Tomás el requisito de la recta intención se toma en sentido objetivo como el fin de la comunidad política beligerante. La recuperación de las islas, en cuanto remedio a una usurpación, fue un fin bueno suficiente para asegurar la justicia objetiva de la guerra a la luz del Derecho Natural. En cuanto a la presencia de finalidades subjetivas torcidas, se debe decir que no se puede juzgar de lo interno. Las expresiones del gobierno argentino destacaron siempre como finalidad central el poner término a la injusta usurpación de las islas. De modo que si hubo otras finalidades desordenadas, pero quedaron confinadas en la subjetividad del gobernante, no podemos saberlo; y si en algún momento pudieran conocerse dichas finalidades, habría que precisar su relación con el fin principal buscado por el Estado. Ya que la torcedura del fin podría ser pecado para el gobernante sin afectar la justicia objetiva del conflicto para la comunidad argentina. En este supuesto, precisará Luis de Molina, el gobernante pecaría contra la caridad pero no contra la justicia. Además, el derecho cumple su finalidad cuando se da la conducta justa, aunque el sujeto no lo haga con intención virtuosa o actúe con voluntad contraria a su acto. Así, por ejemplo, lo justo objetivo se satisface cuando el deudor paga, aunque llegue hasta el punto de hacerlo con odio hacia el acreedor. 

jueves, 30 de junio de 2016

Malvinas, ¿guerra justa? (1)

En nuestra opinión, la guerra de Malvinas fue una guerra justa a la luz de los principios del derecho natural. Lo cual no quiere decir que se cumplieran de modo perfecto todas las condiciones de legitimidad bélica, sino que se dieron en un mínimo suficiente, consideradas en general, aunque con grados de perfección variable en las diversas condiciones tomadas por separado.
No obstante, debemos aclarar desde ya que no damos nuestra opinión valor dogmático, y que tampoco monopolizamos el “patriotómetro”, por lo cual no nos atrevemos a tachar de falta de piedad patriótica a quienes sostienen una posición opuesta. De hecho, conocemos argentinos muy patriotas que reconocen la justicia objetiva de la causa argentina, y el heroísmo de sus combatientes, pero que consideran cuanto menos dudoso que la guerra de 1982 cumpliera con todos los requisitos de una guerra justa.
La doctrina sobre la guerra justa tiene una elaboración de siglos en la tradición cristiana. San Agustín y Santo Tomás marcan los hitos fundamentales hasta la llegada de la edad moderna. Los teólogos del Siglo de Oro, especialmente Vitoria y Suárez, darán al tema un enfoque más acorde con la realidad moderna del Estado, mediante precisiones y adiciones, en lo que podría calificarse como un desarrollo homogéneo. Imposible entrar en las aportaciones de cada uno de ellos, ni recorrer los avances que se dieron en siglos posteriores. Vamos dar una visión de conjunto, presentando de forma esquemática las condiciones que se exigen para que una guerra sea justa. Y al mismo tiempo intentaremos aplicarlas a las circunstancias del conflicto bélico de 1982, para saber si reunió los requisitos tradicionales.
Las tres condiciones esenciales que deben darse simultáneamente según Santo Tomás (S. Th., II-II, q.40), son: 1ª Autoridad legítima; 2ª Causa justa; 3ª Recta intención. Los escolásticos posteriores agregaron otras condiciones que constituyen un desarrollo de la doctrina tomasiana, a saber: 4ª Último recurso; 5ª Proporcionalidad; y 6ª Probabilidad de éxito.
1ª Autoridad legítima.
La guerra es un acto político, que compromete a toda la polis, por ello no puede ser declarada por cualquiera, sino por la autoridad del Estado. Este requisito es esencial. En tiempos de Santo Tomás, la insistencia en esta condición, apuntaba a poner freno a las guerras privadas, declaradas por personas sin potestad política.
En el conflicto del Atántico Sur no hubo declaración oficial de guerra por ninguna de las dos partes. Pero el desembarco argentino en las islas del 2 de abril de 1982 bien puede considerarse como una tácita declaración de guerra. Lo mismo cabe decir de la respuesta militar británica.
Consideremos ahora dos objeciones:
1. Desde el purismo demo-liberal se argumenta en base a la ilegitimidad del régimen. Se sostiene que Galtieri fue jefe de un gobierno ilegítimo y por ello la guerra de Malvinas fue injusta a causa de “la ilegitimidad que tiñe todo el obrar de los gobiernos usurpatorios” (v. aquí); vale decir que se trató de una “guerra ilegítima, decidida por un gobierno inconstitucional” (v. aquí).
Sin embargo, desde el derecho natural se puede responder que, una vez consumada la usurpación en 1976, dado que el bien común exige que haya un gobierno que cuide el orden en la sociedad, en 1982 el gobierno de facto estaba legitimado (Taparelli denominó esto como prescripción en favor de la sociedad). En efecto, la ilegitimidad de origen es un vicio que el gobernante de facto puede purgar con el paso del tiempo y la garantía del orden público; así lo requiere el bien de la comunidad, que no puede vivir en estado de permanente falta de gobierno o incertidumbre sobre su titularidad. Es el mismo argumento empleado por León XIII: “…el criterio supremo del bien común y de la tranquilidad pública impone la aceptación de estos nuevos gobiernos establecidos de hecho sustituyendo a los gobiernos anteriores que de hecho ya no existen. De esta manera quedan suspendidas las reglas ordinarias de transmisión de los poderes y puede incluso suceder que con el tiempo queden abolidas” (Notre consolation, 15).
2. Desde un purismo anti-liberal se podría argumentar en base a una ilegitimidad por contaminación ideológica. La ideología del Proceso de Reorganización Nacional fue liberal. Este gobierno fue sólo una etapa dentro de la continuidad de un mismo Régimen, que alternó gobiernos civiles y militares, todos de cuño liberal. Su finalidad declarada fue restablecer una “democracia moderna, eficiente y estable”, no un ideal político plenamente católico.
La objeción vendría a decir que la ideología liberal del Proceso contaminó a la guerra: un régimen liberal engendró una guerra liberal. Y como el liberalismo es pecado, un gobierno liberal no pudo tener autoridad para iniciar una guerra. Luego, el conflicto bélico no fue justo –aunque hubiera justa causa- por ausencia de potestad legítima. Se sigue de lo anterior que participar en dicha guerra significó objetivamente -sin juzgar de internis- insertarse en una estructura de pecado.  
A esta dificultad se puede responder en base a la distinción ya apuntada entre doctrina, legislación y régimen. Que la ideología del Proceso fuera errónea no implica que tuviera la potencia de corromper moralmente la defensa de la patria. Porque la doctrina inspiradora de un régimen político, aunque llegue a ser la ideología hegemónica de una sociedad, no puede causar férreamente la inmoralidad de actos que se derivan de la natural politicidad humana. Y la defensa de la patria, al igual que la participación política, es un deber-derecho que surge de la naturaleza política, que no se vicia por la ideología errónea del gobernante.


sábado, 25 de junio de 2016

Lo ignorable

En una entrada anterior hablamos de la conciencia invenciblemente errónea como excusante ante Dios, pero no ante los hombres. Ahora parece importante decir algo sobre las materias respecto de las cuales puede presentarse error o ignorancia invencible en el juicio de conciencia.
La ley natural puede descubrirse racionalmente sin que sea necesaria una revelación positiva de parte de Dios. En principio, todo adulto normalmente desarrollado -en su sentido humano y social- puede conocerla en su totalidad. Negar la capacidad del hombre para conocer racionalmente la ley, equivaldría a negar la Providencia divina o atribuirle una imperfección.
Sin embargo, por efecto del pecado original, la naturaleza humana ha quedado herida, y tal vulneración, entre otras causas, afecta su capacidad cognitiva de la ley natural. Otro factor importante es la mayor o menor evidencia de los diversos contenidos de la ley natural. Hay distintos grados de evidencia objetiva de la ley natural, que es como un haz de luces de diversa intensidad; y cuanto más intensa es una luz, más visible resulta para el hombre.
No todos los elementos de la ley natural tienen la misma evidencia. Santo Tomás distingue tres órdenes:
1º. Los principios primeros y comunes. Poseen la máxima evidencia y son aplicables a los diferentes ámbitos del obrar, ya sea personal o social (hacer el bien y evitar el mal, por ejemplo).
2º. Los preceptos secundarios muy cercanos a los preceptos de primer orden, que se refieren a ámbitos específicos del obrar (relaciones interpersonales, sexualidad, comercio, etc.), y que pueden ser alcanzados a partir de los de primer orden por medio de razonamientos sencillos y por todos. Por ejemplo, el Decálogo.
3º. Los preceptos secundarios más lejanos de los preceptos primeros, y que pueden ser conocidos a partir de los de segundo orden mediante razonamientos difíciles. Santo Tomás dice que la generalidad de las personas llegan a conocer estos preceptos de tercer orden mediante la enseñanza de los sabios. Por ejemplo, la absoluta indisolubilidad del matrimonio.
Es sentencia unánime, y consta por la experiencia, que los primeros principios de la ley moral natural no pueden ser ignorados inculpablemente por ninguna persona adulta que tenga uso de razón.
Respecto de los preceptos secundarios, conclusiones inmediatas -concretamente, los preceptos del Decálogo- la tesis más común es la que afirma que estos preceptos, en circunstancias particulares, pueden ignorarse sin culpa, al menos por un tiempo, pero no durante toda la vida. La experiencia muestra que, con frecuencia, una ignorancia inculpable sobre algún precepto del Decálogo, tarde o temprano desaparece, ya sea como ignorancia, ya sea como inculpable (pasando a ser culpable).
Por último, en cuanto a los preceptos secundarios más lejanos, conclusiones mediatas, más particulares, consecuencias que se derivan de los primeros para la vida concreta, se admite fácilmente que puede darse una ignorancia o error inculpable durante más tiempo, sobre todo cuando inciden un mal hábito, la falta de cultura, las costumbres y el criterio de la sociedad en que se vive.
En toda esta materia hay dos actitudes que conducen al error. Una, el “buenismo” pelagiano, que quiere estirar los límites del inculpabilidad subjetiva para excusarlo todo. Otra, el rigorismo que sostiene que nunca (o casi) hay excusa para el error o ignorancia invencible.
La teología católica ha considerado la posibilidad de la ignorancia invencible en muchas de las cuestiones que en el presente son objeto regulación legal permisiva, como divorcio, aborto, eutanasia, contracepción, etc. Pero mejor que delimitar con excesiva meticulosidad el terreno de lo ignorable sin culpa es pedir “gracias de última hora” y encomendar a todos a la Misericordia de Dios, que es una perfección infinita que supera los límites de nuestra imaginación.

martes, 21 de junio de 2016

La burbuja se pinchó


Si algo ha signado el pontificado de Francisco es el intento de cambiar la imagen de la Iglesia a impulsos de diversas estrategias de marketing. Un proyecto que contó con asesores de imagen y comunicadores. Y que se apoyó decididamente en la veta populista que caracteriza a Bergoglio.
Al principio, la estrategia fue exitosa. La popularidad de Francisco, el papa latinoamericano, que recibe a todos, que se deja fotografiar con cualquiera, que se desvive por tener gestos hacia  personajes públicos y dirigentes populistas e izquierdistas, alcanzó niveles pocas veces vistos en la sociedad argentina.
Pero las burbujas, económicas o publicitarias, en algún momento se desinflan. O se pinchan. Bergoglio pareció entusiasmarse demasiado con la estrategia publicitaria. Y en su afán de prestigiar  su pontificado mostrándose carismático, comenzó a tener gestos de apoyo hacia dirigentes que formaron parte del gobierno del matrimonio Kirchner. Aunque no se trató sólo de marketing, pues en el trasfondo de su kirchnerismo tardío está una voluntad de poder, el más rancio clericalismo. Bergoglio ha intentado erosionar a Macri presentándose como el padrino del kirchnerismo residual.
Lo que tal vez Francisco no pudo prever es que la estrategia de kirchnerismo tardío resultaría extemporánea y contraproducente. La velocidad de los acontecimientos ha superado el cálculo político bergogliano. La súbita revelación de escandalosos hechos de corrupción protagonizados por funcionarios del anterior gobierno está haciendo cada día más difícil que la imagen del Pontífice no quede asociada con una banda de impresentables que saqueó a la Argentina durante la década robada.
En la Argentina al menos, el humor social ha pasado del francisquismo entusiasta y supersticioso al derrumbe en la popularidad del Pontífice. Se respira hoy una cada vez menos contenida bronca hacia el Papa y, por asociación, hacia la Iglesia en su conjunto. Ya se vuelven a repetir clásicos tópicos anticatólicos silenciados durante los primeros años del papado de Bergoglio.
Sic transit gloria mundi. Dios quiera que el fracaso de la estrategia publicitaria sea ocasión de un cambio en la dirección de este pontificado calamitoso.

sábado, 18 de junio de 2016

El efecto saludable de la virtud

Servais Pinckaers, OP.

Una adecuada espiritualidad y una actitud positiva

El profesor Florin Dolcos, del Beckman Institute pertenteneciente a la Universidad de Illinois, se hace eco de un dato escalofriante que predice la Organización Mundial de la Salud: que para 2020 la ansiedad y la depresión, que tienden a concurrir, estarán entre las causas más frecuentes de discapacidad en el mundo, sólo tras la enfermedad cardiovascular.
Desde el punto de vista de la espiritualidad cristiana es muy interesante tener en cuenta estos datos. Por un lado porque son indicativos del vacío existencial que conduce a este tipo de patologías. Por otro lado porque nos alertan acerca de la actitud espiritual que, como creyentes, hemos de cultivar.
Respecto a esto último creo que es importante centrarse en realizar acciones buenas, acciones que sean fruto de la virtud, en lugar de hacer que nuestra vida se centre exclusivamente en evitar cosas malas. Incluso médicamente, según leo en los estudios del profesor Dolcos, existen estudios de psicología clínica que han encontrado que las personas que inclinan su temperamento a centrarse en hacer que sucedan cosas buenas son menos propensas a sufrir de ansiedad que los que se centran exclusivamente en evitar que ocurran cosas malas.
Una apuesta por lo positivo, desde la virtud moral. Todos sabemos, por muy sencillo que sea nuestro conocimiento de ética y moral de las virtudes, que centrar nuestra acción en lo positivo es lo propio de la acción virtuosa. Hacer el bien. Esto no quiere decir que la empresa sea fácil. Pero hacer el bien, buscar la verdad, es un patrón seguro para la salud del alma y del cuerpo. Una proactividad positiva. El otro día publicaba yo un breve estado en mi perfil de facebook que, de algún modo, tiene que ver con todo esto:
«La pereza es la causa más peligrosa del error, precisamente porque para que se dé no hay que hacer nada», Carlos Llano, Etiología del error.
Y del mismo modo que no hacer nada es peligroso, también lo es el hecho de centrar nuestro quehacer, meramente, en 'evitar hacer'. Cierto es que hay que evitar el mal. Pero fijémonos en un punto: es aún mejor dar más intensidad a nuestra acción en el punto de hacer el bien. Esto se puede realizar de mil modos a lo largo del día. Hay todo un listado de acciones positivas que nos ayudarán mucho: dar gracias, y hacerlo sinceramente, dando gracias a personas concretas; saludar con afecto a nuestro prójimo; ayudar a un pobre con nuestra limosna; pedir perdón por nuestros errores, pero no solo de modo 'interior' sino de modo concreto: pedir perdón de palabra a esta o a aquella persona... Una fe con obras. Todo esto conforma, también, una suerte de 'liturgia'.
Tomado de:

sábado, 11 de junio de 2016

Iglesia y Estado en perspectiva histórica


Es frecuente en nuestros días oír, sobre todo a los extranjeros, hablar del espíritu de intolerancia de los españoles, de nuestra falta de comprensión de los avances modernos y del atraso de nuestra mentalidad en la cuestión religiosa. Todo esto se aplica de una manera especial a la unión entre la Iglesia y el Estado. Recuerdo a este propósito, con ocasión del Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona del año 1952, haber oído a un católico francés lamentarse del hecho de que Franco mismo con todo su Gobierno asistieran como tales públicamente a las procesiones del Congreso, y añadía que eso era una cosa anticuada; que modernamente el ideal para la misma Iglesia era la separación perfecta del Estado; éste debía ser enteramente laico, laicas sus instituciones, laicas las escuelas, laica toda la vida oficial y pública. La religión era una cosa privada y de conciencia. Ya se ve cuán distinto es este modo de pensar del tradicional, que estamos acostumbrados nosotros a oír; cuán diverso de aquel ideal, que nosotros nos imaginamos, de un Gobierno íntimamente unido a la Iglesia y en perfecta inteligencia con ella; de un Estado, donde las escuelas son católicas, sus leyes eminentemente cristianas y toda la vida pública regida por los principios cristianos. Pero este criterio reinante es reflejo de una ideología general en muchos sectores de nuestros días. Uno de los que más han contribuido a robustecerla, dándole un carácter fundamental y filosófico, es el célebre publicista Jacques Maritain, con sus ideas originales sobre una nueva cristiandad, basada en la más absoluta tolerancia y convivencia de todos los cultos y en la completa separación entre la Iglesia y el Estado. La autoridad indiscutible de Jacques Maritain y las razones aparentemente convincentes en que se funda, han contribuido eficazmente a dar solidez a esta ideología, que han abrazado inconscientemente muchos círculos católicos, mientras otros vacilan sin saber a qué atenerse.
En confirmación de estos puntos de vista se trae principalmente el hecho de la situación del catolicismo en los Estados Unidos. Más aún. Consta que el mismo Jacques Maritain, en su prolongada estancia en la América del Norte, quedó fascinado por el esplendor de los adelantos y del modernismo norteamericano, por lo cual ha querido luego aplicar a la cristiana Europa las normas características de la situación norteamericana. En efecto, por una parte, es bien conocido el estado próspero del catolicismo en los Estados Unidos. Es innegable la importancia que ha adquirido en los últimos decenios, con su jerarquía ampliamente desarrollada; sus docenas de universidades profesionalmente católicas; la prosperidad creciente de sus colegios de segunda enseñanza y escuelas profesionales; su intensa actuación en la Prensa y la Radio; el crecimiento constante de todas sus instituciones y aun de las órdenes y Congregaciones religiosas. Al lado de estos hechos tan elocuentes, es conocido, por otra parte el hecho, que el catolicismo no cuenta en los Estados Unidos con ningún apoyo del Estado, es decir, que allí existe la separación más absoluta entre la Iglesia y el Estado; la Iglesia es independiente y puede desarrollarse ampliamente conforme a sus principios.
Tal es la primera parte o la primera premisa de nuestro punto de partida: esta opinión, tan generalizada en nuestros días, robustecida con la teoría de Maritain y confirmada con las realidades de lo que sucede en Estados Unidos.
Pero, frente a estos hechos tan significativos, nos encontramos con otros, que constituyen el polo opuesto y que nos obligan a reflexionar con toda seriedad. En primer lugar, es toda una tradición multisecular, que nos presenta tantas y tantas generaciones de cristianos, que han vivido en perfecta unión de Iglesia y Estado y han sentido decididamente que esta unión era sumamente beneficiosa para la Iglesia. Pero en segundo lugar, y esto es mucho más serio, nos encontramos con el magisterio de la Iglesia, que por medio de multitud de manifestaciones de los Romanos Pontífices atestigua con la más diáfana claridad que nosotros los católicos debemos aspirar al ideal de la perfecta unión entre la Iglesia y el Estado, es decir, a un Estado que sea católico en sus individuos, católico en sus instituciones y católico en el apoyo decidido que preste a la Iglesia Católica y su jerarquía. Eso constituye, según el magisterio católico, el ideal a que debemos aspirar; pero mientras eso no sea posible, y en los Estados donde no lo sea, debemos contentamos con lo que nos sea dado, sacando el mayor partido posible de una separación concebida como un mal menor. Tal es el verdadero planteamiento del problema. La tradición multisecular y la doctrina clara y contundente de la Iglesia sobre la necesidad de la unión entre la Iglesia y el Estado se oponen diametralmente a la opinión persistente de Maritain y de tantos otros de nuestros días, que ven en esto una ideología trasnochada, medieval y poco moderna. ¿Qué debemos pensar y responder a las muchas dudas que se ofrecen, sobre todo cuando consideramos la realidad de algunas naciones, como los Estados Unidos, donde la Iglesia ha llegado a una extraordinaria prosperidad en este régimen de separación e independencia?
Para resolver este problema, queremos ante todo, pedir luz a la Historia. Así nos lo exige de un modo especial nuestra calidad de historiadores, que tantos años hemos estado estudiando el desarrollo de la Iglesia a través de los siglos. Abramos, pues, las páginas de la Historia y sorprendamos en ellas a los cristianos de las generaciones pasadas en los momentos culminantes y más prósperos da su desarrollo multisecular. Si la Historia es la maestra de la vida, en ella podremos aprender lo que nos enseña sobre este problema de tanta transcendencia. Tal será el objeto de nuestra exposición: La unión de la Iglesia y el Estado, tal como se presenta en la Historia. De aquí deduciremos, que no obstante las teorías modernizantes, persiste como ideal de la Iglesia su unión con el Estado, es decir, un Estado profundamente cristiano en sus individuos, en sus instituciones y en el apoyo decidido de la Iglesia; la separación de la Iglesia y del Estado es considerada como un mal menor, del que puede sacar, como aparece en el caso de los Estados Unidos, un partido extraordinario y llegar en él a una gran prosperidad.
Así, pues, entremos de lleno en nuestro tema y abramos las páginas de la Historia de la Iglesia en busca de los momentos de mayor apogeo de la humanidad. Podemos señalar particularmente tres grandes periodos históricos, en los que se verifica, por una parte, un florecimiento extraordinario en lo civil y en lo eclesiástico, y por otra, la unión más íntima entre la Iglesia y el Estado. Ante esta consideración, nos preguntamos: ¿Pueden ser considerados estos momentos históricos como ideales en la Historia de la Iglesia? ¿Qué enseñanzas prácticas podemos deducir de aquí? 
PRIMER MOMENTO HISTÓRICO: El IMPERIO ROMANO-CRISTIANO.
Y ante todo, consideremos el primer momento histórico: el Imperio Romano-cristiano, que abarca desde que Constantino el Grande dió la paz a la Iglesia con el edicto de Milán del año 313, hasta que el Imperio Romano quedó perfectamente cristianizado con Teodosio I (+ 395) y encontró la legislación cristiana más perfecta en los códigos de Teodosio II (+ 450) y de Justiniano I (+ 565)". Ahora bien ¿podemos considerar esta situación como ideal? ¿Qué ventajas reportó la Iglesia de esta unión tan intima con el Estado? ¿Es verdad que trajo también sensibles desventajas? Si es esto verdad, ¿qué es lo que predomina en el juicio de conjunto y cómo debemos caracterizar este período? Ante todo, no debemos cerrar los ojos a una serie de desventajas que trajo a la Iglesia esta situación de estrecha unión con el Estado ya desde el mismo Constantino el Grande. Y tenemos interés en marcarlas y ponderarlas en este lugar, pues son substancialmente las que se repetirán en todos los períodos semejantes de apogeo político-cristiano, con los grandes imperios cristianos. Tales son los abusos e intromisiones de los poderes civiles en los asuntos eclesiásticos. Esta cuestión ha sido, a lo largo de los siglos, la más batallona y la que más han manejado en todos los tiempos y aun en nuestros días los enemigos de la unión entre la Iglesia y el Estado. Es lo que ya entonces se designó como Cesaropapismo, o intromisión de los emperadores en cuestiones dogmáticas, y lo que en épocas modernas hemos llamado galicanismo o regalismo, que son las intromisiones en el gobierno interior de la Iglesia o cuestiones disciplinares… Sin embargo, no pensemos que la Iglesia se mantuvo muda ante estos abusos e intromisión de los poderes civiles en su esfera. Por esto algunos de sus más significados portavoces lucharon con energía frente a los emperadores y reyes, con el objeto de mantener la independencia eclesiástica…. Pero si, a fuer de historiadores leales y objetives, debemos reconocer las desventajas que trajo en el imperio romano-cristiano, la unión de la Iglesia y el Estado y la protección que éste otorgaba a la Iglesia, justo es que consideremos detenidamente las extraordinarias ventajas que el Estado romano cristianizado trajo a la Iglesia. La primera y fundamental es, que cesaron las persecuciones por parte del Estado, y pudo el cristianismo desarrollarse libremente, con lo cual alcanzó un crecimiento rápido en todo el Imperio… Como segunda ventaja de esta unión y de la cristianización del Estado, notemos las facilidades que éste dió para la celebración de los grandes Concilios y para la administración general de la Iglesia… Complemento de esta ventaja incomparable, que no sólo facilitaba, sino que hacía posibles las grandes asambleas cristianas, era la obligación que tomaba sobre sí el Estado cristiano, de hacer cumplir las decisiones de los concilios. El Estado recibía estas decisiones como leyes propias, y por lo mismo procuraba su cumplimiento con todo su poder… Pero la cristianización del Estado romano no trajo solamente al cristianismo la más absoluta libertad y apoyo positivo, con lo que se facilitó su extraordinario crecimiento; ni se limitó a darle toda clase de facilidades para la celebración de los grandes concilios y le prestó su más decidida ayuda para el cumplimiento de sus decisiones, consideradas como leyes del Estado; sino que, además, favoreció positivamente en todo lo posible a la religión católica. En este sentido es admirable la obra realizada ya desde Constantino…. Nos haríamos interminables, si quisiéramos referir aquí todas las leyes y medidas de favor, otorgadas al cristianismo por el Imperio Romano-cristiano en el período de su mayor apogeo. Sólo así se comprende el ascendiente que alcanzó la Iglesia dentro del Imperio y el crecimiento rápido del cristianismo durante este período. Sólo así fué posible que tantas naciones y tantos pueblos quedaran completamente cristianizados. 
SEGUNDO MOMENTO HISTÓRICO: CARLOMAGNO Y EL PRIMER RENACIMIENTO.
Trasladémonos ahora, cuatro siglos más tarde, a fines del siglo VIII y principios del IX, en torno al año 800, es decir, al reinado de Carlomagno. No hay duda, que este gran Emperador, gran cristiano y gran hombre de Estado, constituye uno de los momentos culminantes de la Historia de Europa y de la Iglesia Católica… Carlomagno, como gran guerrero y gran hombre de Estado, que supo unificar el gran imperio de los francos y de la gran Germania; como gran mecenas y protector de las ciencias y de las artes, que supo elevar en una forma extraordinaria la cultura en todos los órdenes; y como gran cristiano, que puso la base del Imperio Romano medieval, cristiano por antonomasia; mereció sin duda por sus egregias cualidades ser exaltado por sus contemporáneos como el ideal de los príncipes cristianos… Esta es la figura que encarna aquel Imperio, prototipo de la unión entre la Iglesia y el Estado. Ahora bien ¿cuáles fueron las ventajas, que esta unión tan íntima trajo a la Iglesia? ¿Se puede considerar realmente este imperio como un verdadero ideal cristiano? ¿No tuvo que sufrir la Iglesia por efecto de esta unión o sujeción al Estado? Comenzando por esto último, a dos podemos reducir las lacras que tuvo que sufrir la Iglesia, que son las más frecuentes en este ideal de unión entre la Iglesia y el Estado. La primera fué la intromisión del Emperador en los asuntos eclesiásticos, y la segunda, la imposición forzada del catolicismo a los pueblos sometidos. Por sus intromisiones en los asuntos eclesiásticos y en las cuestiones religiosas, se ha hablado del cesaropapismo de Carlomagno. Sin embargo, no puede hablarse de verdadero cesaropapismo, pues en realidad Carlomagno no se arrogó nunca jurisdicción ninguna en cuestiones dogmáticas… El segundo abuso de Carlomagno, de imponer forzosamente el cristianismo a los pueblos sometidos, tuvo lugar principalmente desde el año 776, después de vencer a los sajones en sus diversos levantamientos. Pero frente a estos inconvenientes que trajo la unión íntima de la Iglesia y el Estado en el Imperio de Carlomagno, ¿quién podrá sustraerse a la contemplación de los innumerables bienes y las incalculables ventajas, que aquel Estado tan profundamente cristiano trajo a la misma Iglesia? Aun reconociendo las lacras indicadas, no puede dudarse de que son incomparablemente mayores los beneficios que trajo a la Iglesia su unión y como identificación con el imperio carolingio…
TERCER MOMENTO HISTÓRICO: LA CRISTIANDAD MEDIEVAL.
Réstanos poner ante nuestros ojos el tercer momento histórico de un Imperio, por una parte fecundo y floreciente, y por otra profundamente cristiano. Es la cristiandad medieval, encarnada en los imperios de Enrique III (1039-1056) y Enrique IV (1056-1106), y algo más tarde en Federico I Barbarroja (1152-1190) y Federico II (1215-1250), por una parte, y por otra, en los grandes Papas Gregorio VII (1073-1085), y Urbano II (1088-1099), Alejandro III (1159-1181), e Inocencio III (1198-1216). A todo este periodo podríamos designar como el período clásico de la unión de la Iglesia y el Estado, o como entonces se le designó, de la unión de las dos espadas, la temporal de los príncipes, y la espiritual de los Papas, con el predominio y hegemonía del poder espiritual. Diríamos también que éste es el período, en que más claramente aparecen las inmensas ventajas que ella reporta a la Iglesia… Frente al tipo del Imperio de Carlomagno, en el que el Emperador poseía cierto predominio y tutela sobre el Papa, se consagra definitivamente el principio de la colaboración e íntima unión de las dos espadas, con predominio y bajo la dirección de la espiritual de los Papas… Ahora bien, esta situación tan característicamente medieval es sumamente instructiva para el objeto de nuestro estudio. Indudablemente nos encontramos en los tiempos de Gregorio VII, Alejandro III e Inocencio III, con un Imperio cristiano, con la más intima unión entre la Iglesia y el Estado y la protección y fomento de los intereses cristianos por parte del Imperio. Por esto, es de gran transcendencia la lección que nos da este Estado eminentemente cristiano sobre los resultados de la unión, o de un Estado profesionalmente cristiano. Desde luego aparece en este período en la forma más aguda y estridente el peligro o desventaja mayor de esta unión. El Estado se quiere imponer por medio de la elección de los prelados; el Estado quita la libertad de gobierno; el Estado enerva con sus miras políticas el gobierno de los Papas y de los obispos. Todos estos peligros se evitan con la separación entre la Iglesia y el Estado. La Iglesia en este caso posee absoluta libertad de acción. Reconocemos que este peligro y desventaja es real y que en el Imperio medieval produjo efectos desastrosos. Pero reconozcamos también que la Iglesia hizo lo posible para obviar este peligro, y al fin lo consiguió en gran parte. Además debemos reconocer, que si consideramos con toda su crudeza el mayor de los peligros de la unión entre la Iglesia y el Estado, justo es consideremos el mayor de los peligros de la separación, que es la persecución positiva, de la que tantos ejemplos nos ha dejado la Historia… 
Y con esto llegamos al término de nuestro trabajo. Nos preguntábamos lo que nos enseñaba la Historia sobre las ventajas o desventajas de la unión entre la Iglesia y el Estado y si realmente debe ser considerada como beneficiosa. La Historia, pues, nos ha demostrado claramente que en los grandes imperios profesionalmente cristianos, la íntima unión entre la Iglesia y el Estado y la protección que éste ejerce sobre aquella, ha traído algunos daños o inconvenientes, a las veces bastante considerables; pero que son muchísimo mayores los bienes y ventajas que han traído a la Iglesia y a la civilización cristiana. Así lo prueban el Imperio Romano-cristiano, el Imperio Occidental de Carlomagno y el Imperio clásico medieval. 
Texto condensado y adaptado de:
Llorca, B. LA UNIÓN DE LA IGLESIA Y EL ESTADO. Rev. Salmanticensis (1954), vol. 1, n.º 2, ps. 386-406.

sábado, 4 de junio de 2016

Misericordia sesgada

Reproducimos una carta de lectores enviada al diario La Nación de Buenos Aires. Colocamos algunos enlaces para que pueda ser mejor comprendida por lectores que no están enterados de los pormenores de la política argentina, en la cual Francisco se entromete con grosero clericalismo.

Leí con atención el reciente artículo del padre Guillermo Marcó. Tuve el privilegio de colaborar un tiempo con él en la labor de prensa del Arzobispado de Buenos Aires y allí alternar con el arzobispo. Conocí entonces a un hombre sabio, enigmático, de pocas palabras, preocupado por la política de Néstor Kirchner, que a su entender "promovía la división social" y nos podría llevar hasta a un "enfrentamiento sangriento". El tiempo pasó y aquel padre Jorge, ya devenido en Papa, me mostró una faceta que hasta hoy día me tiene desconcertado: si en Buenos Aires nos manifestaba su preocupación mayor por ancianos, niños y gente privada de su libertad, en Roma parecería que ha decidido darle la espalda a un aspecto de aquella preocupación. Integro la Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia, ONG que se ocupa de asistir legal, moral y espiritualmente a militares y civiles presos por haber tenido alguna función en la época de la guerra sucia de los 70 (en su mayor parte detenidos sin condena o con sentencias aberrantes, ya que el delito que ahora se les enrostra es "tenía que saber", pues no existen más los partícipes directos, aquellos que fueron juzgados durante el gobierno de Alfonsín y que hoy en su gran mayoría han fallecido). Ya envié cuatro cartas al padre Bergoglio -que sospecho nunca leyó-. La última invocando el Año de la Misericordia y pidiéndole haga llegar a estos ancianos presos, y muriendo por las condiciones en las que los jueces federales obligan a mantenerlos (muchas veces rechazando el pedido de mayor atención invocado por los médicos penitenciarios, que procuran en vano cumplir con sus hipocráticos deberes) una palabra de aliento, una carta o un Rosario - como el que le envió a Milagro Sala- . Nada de ello ha sucedido. Sólo a pedido de nuestra asociación accedió a recibir a sus dirigentes en audiencia en el "corralito de los miércoles", donde los "atendió" por un minuto y medio (por la tarde recibió en Santa Marta a una dirigente K[irchner]). Ahora invoca, por medio de las enigmáticas cartas enviadas a amigos (artificio político que usa para que su descargo ante los ataques mediáticos que recibe sea luego difundido) su obligación como Padre de la Iglesia, de recibir o atender, especialmente en este Año de la Misericordia, a quien se lo pida, así lo haya denostado en el pasado. Disiento parcialmente con Marcó: para este Papa, por lo menos en el país que lo vio nacer, la misericordia es tan sesgada o parcial como los derechos humanos K[irchner] y aplicada para los que, en sus intrusiones en la política local, considera son los únicos dignos de ella, como Hebe de Bonafini. Para los demás, el silencio o el "ninguneo". Los más de 360 ancianos muertos en prisión y sus deudos, a los que ignora sistemáticamente, aún esperan su mirada o atención benévola. Creo que esperan en vano.

Edgardo Frola

DNI 04.403.415