martes, 13 de septiembre de 2011

Entrevista a un sacerdote diocesano que celebra exclusivamente la Misa de siempre

Traducimos a continuación la entrevista que Marco Bongi realizó a Don Alberto Secci, sacerdote diocesano de Novara (Piamonte, Italia), y que fue publicada en italiano por Una Vox y Una Fides, y en inglés por Rorate Caeli, entre otros sitios.

El malestar, las dificultades espirituales, las batallas y el coraje de un sacerdote auténticamente católico que se ve obligado a convivir con una realidad eclesial a menudo incomprensible.

Entrevista a Don Alberto Secci 
del clero de Novara

Entrevista a cargo de Marco Bongi.

Don Alberto Secci y sus dos hermanos, Don Stefano Coggiola y Don Marco Pizzocchi, todos del clero de Novara, saltaron a los titulares, a pesar de sí mismos, cuando se comprometieron a adherir fielmente al Motu Proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, en 2007.

La oposición a la celebración de la Santa Misa según el Rito tradicional fue decisiva y violenta por parte de la Curia de Novara, tanto como para meter en serias dificultades a los tres sacerdotes especialmente en relación con sus feligreses. La lógica era simple: la celebración de la Santa Misa tradicional debía ser una excepción, por lo tanto queda prohibida a los párrocos.

Sobre esto habló bastante la prensa, local y nacional (ver - ver - ver), y los tres sacerdotes fueron presentados como testarudos y provocadores.

Incluso ciertos ambientes sedicentes “tradicionales” los llamaron a la moderación, recordando que la causa tradicional requiere el ejercicio de la virtud de la obediencia; aunque ello implique el desconocimiento de las leyes de la Iglesia, la burla de la Santa Misa católica y el desprecio por el bien de las almas. Obviamente, esto siempre se le pide a los más débiles: a los sacerdotes y a los fieles; sobre todo cuando se encuentran frente a obispos que se comportan como si fuesen los amos de sus iglesias particulares, mientras la autoridad romana no se arriesga a poner freno a estos obispos auto- referentes ni tampoco se arriesgan a hacer respetar los derechos de los sacerdotes y los fieles aún cuando se derivan directamente de las leyes actuales y universales de la Iglesia.

Una vieja historia, que sólo recordamos porque, como acaece modernamente, el reclamo de obediencia cae fácilmente en obediencismo, al mismo tiempo que la infalibilidad de hoy se reduce a mero infalibilismo. Es con estas desviaciones que en los últimos 50 años se ha distorsionado la liturgia y la doctrina católica.

Pero el Señor ve y provee, y nuestros tres sacerdotes siguen en la misma huella, la de la fidelidad a la Santa Tradición de la Santa Iglesia Romana.

Además de en sus iglesias de Vocogno y de Domodossola, hoy es posible seguir el apostolado de Don Alberto Secci y de Don Stefano Coggiola a través de su sitio en Internet: Radicati nella Fede.



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Don Alberto, su figura sacerdotal, vuelta a la Santa Misa de siempre en ocasión del Motu Proprio, ha hecho hablar mucho a los medios en los años 2007 y 2008. Hoy, después de mucho tiempo de aquellos hechos convulsivos, le pedimos que nos responda algunas preguntas que puedan permitir a los fieles italianos conocer mejor su historia y el apostolado que está encarando.

¿Puede decirnos cómo y cuándo nace su vocación sacerdotal y cómo fue su formación en el seminario?

Yo nací en Domodossola, pero mi familia se mudó a Biella, mi padre era carabinero, y allí pasé mis años de la infancia en una buena parroquia, dirigida por un viejo párroco, ¡nacido en 1890! Un patriarca, con una fortísima devoción por la Madona, definitivamente fue allí donde apareció el primer germen de vocación. El servicio al altar, el mes de mayo, el santuario de Oropa… junto a la fidelidad de mi madre a sus tareas cotidianas y a la Misa, al sentido del deber y el orden de mi padre y tantas otras cosas positivas que marcaron mi infancia católica.

Luego me fui a Domodossola con mi familia, me inscribí en el liceo científico estatal… buenos recuerdos, aunque en 1977 el clima era, también en el interior, muy laicista. En aquel liceo viví una intensa militancia católica en Comunión y Liberación. Éramos pocos, pero muy aguerridos. Recuerdo aquellos años: oración (decíamos laudes, vísperas y completas, rosario, Misa diaria —¡a los 15, 16 años!— y estudiamos varios libros de los adoptados por los profesores, para defender a la Iglesia y su historia). El amor a la Iglesia, con el conocimiento de ella, crecía continuamente. Leíamos a los grandes autores espirituales, como San Benito, Teresa de Ávila… para mí fue natural y abrumadora la evidencia de mi vocación sacerdotal. Cristo es todo, la Iglesia es su Cuerpo: ¿cómo no dar la vida por esto?

En el seminario entré tras la graduación a los 19 años. Tuve gran ayuda de mi padre espiritual, catolicísimo, mucho menos de la teología, que sin embargo estudié con pasión. ¿La culpa? En aquellos años todo era una cantera de opiniones personales, ideológicamente ancladas en la teoría de Rahner. Pero atravesé serenamente esos años, habituado al liceo y a “combatir” positivamente por la fe. Yo no culpo a nadie, recuerdo con simpatía a todos los docentes, pero yo ya estaba preparado por la militancia católica anterior a discernir cualquier enseñanza. Cada día en el seminario lo atravesaba mirando hacia el horizonte, atento a la restauración católica… ¡que no llegaba más!

¿Cuáles fueron los ministerios a su cargo en los primeros años posteriores a su ordenación?

Ordenado sacerdote, me enviaron, con veinticinco años, a una gran parroquia, muy católica, con un gran auditorio, donde yo era asistente. No fue fácil: enseñaba religión en el secundario y todo el resto de la jornada la pasaba entre el auditorio y la iglesia parroquial, un gran trabajo era enfrentarse con líneas eclesiales muy distintas de la mía, ya marcadamente tradicional. Espero haber hecho un poco de bien y poco mal.

Luego fui a Francia por cerca de un año, atraído por la experiencia canonical, porque sentía la necesidad de un sustento sacerdotal mayor: los canónigos regulares, como los monjes, habían hecho la Europa cristiana, me pareció encontrar una solución para un mejor servicio a Dios y a las almas. Regresé, porque en la abadía reencontré las luchas teológicas y el tedio del seminario: el clima de confusión no queda fuera de los conventos, como no queda fuera de nuestros corazones.

Entonces llegué al valle de Vigezzo, donde todavía estoy, primero como asistente en un santuario y luego como párroco. En todos estos años, continué enseñando religión en la escuela.

¿Cómo fue su encuentro con la Santa Misa tradicional y qué lo llevó a abrazar, a pesar de las dificultades, este rito en forma exclusiva?

Es difícil de responder. Es como si siempre hubiese estado. Recuerdo no poder soportar más un cierto modo de celebrar, recuerdo haber advertido el ridículo de muchas liturgias, esto desde siempre. Era como saber que si éste era un momento de confusión, casi dramático, no quedaba más que volver a casa. Todo en la iglesia me hablaba de la liturgia antigua, sólo ella faltaba, y me esperaba.

De vicario parroquial y luego como párroco hice todo aquello que en aquel momento me parecía imposible: el altar ad orientem, el canto gregoriano con los fieles, la comunión en la boca, el uso constante del hábito talar, los encuentros de doctrina para adultos, el catecismo tradicional para niños. Pero no alcanzaba, era la misma Misa la que estaba en cuestión, ¿ pero cómo hacer cuando ya estaba bajo “investigación” desde hacía años por lo que poco que había hecho?

En 2005 introduje en la Misa de Pablo VI, antes del ofertorio, el canon de la Misa de siempre.

Esperé con paciencia el tantas veces anunciado Motu Proprio, que parecía nunca llegar, y el 11 de julio de 2007, era martes, comencé a celebrar sólo la Misa de siempre. Debo decir que el golpe final lo dio mi hermano: en un viaje a las montañas un día antes me dijo “no sé qué estás esperando”… era señal de que debía comenzar.

¿Por qué, a diferencia de otros sacerdotes que han acogido Summorum Pontificum, usted rechaza el llamado “birritualismo”?

Seré brevísimo: me parece absurda la obligación del birritualismo. Si uno encuentra la verdad, lo mejor, lo que expresa más completamente la fe católica, sin ambigüedades peligrosas, ¿por qué seguir celebrando algo menor? En el birritualismo, de hecho, un rito muere y el otro queda. En el birritualismo el sacerdote se estanca en la tristeza de una especie de esquizofrenia, y el pueblo no es edificado, educado, consolado en la belleza de Dios. Evito el discurso teológico-litúrgico, no es el caso en una entrevista, sólo digo que el que se queda con el birritualismo, tarde o temprano abandonará la Misa de siempre y se fabricará razones para quedarse en el mundo de la reforma, aunque lo viva en modo conservador, con una tristeza dentro, como si hubiese traicionado el amor de juventud por Dios.

Debo agregar que me fue de mucha ayuda la lectura de La reforma litúrgica anglicana de Michael Davies. Texto fundamental, clarísimo: la ambigüedad del rito lleva a la herejía de facto. ¿No es eso lo que nos sucedió?

¿Cómo reaccionaron sus feligreses cuando se enteraron de su decisión de volver a la Misa antigua?

Nadie se sorprendió. Los simpatizantes dijeron: ¡por fin! Los contrarios dijeron: ¡ya lo habíamos dicho! Pero yo diría que casi la totalidad de la gente se puso a trabajar: tomaron el folleto, querían saber… un bello clima de fervor.

Siempre recibí la ayuda de un grupo de fieles, simples y fuertes, que estuvieron siempre dispuestos a trabajar conmigo; pienso especialmente en aquellos que en 1995 comenzaron con las pruebas de canto.

Entonces comenzaron a decir que desobedecíamos al obispo, y luego al Papa, y todo se hizo más complicado, pero al principio no fue así.

Todos sabemos de las incomprensiones con el obispo y de la sucesiva solución de otorgarle una especie de capellanía en Vocogno. ¿Cómo fueron, en aquellos momentos, más allá de los desacuerdos con la curia de Novara, las relaciones con los otros párrocos?

Desaparecieron todos. Algunos desaprobaron, la mayoría permaneció en silencio, alguno te decía en privado que no estaba en contra pero que públicamente no podía hacer nada. Era el horror a la desobediencia oficial. De nuestra parte, yo y Don Stefano —el sacerdote que ha tomado el mismo camino y con el cual trabajo— habiendo campos de apostolado diferentes, nunca hemos faltado a las reuniones sacerdotales del vicariato, participando con pasión, como siempre.

Hoy en día, afortunadamente, las tensiones se han templado, ¿cómo son las relaciones con el obispo y sus hermanos?

Todo parece tranquilo, aunque sepamos que hay mucho que resolver, ya que siempre se ha evitado una discusión profunda sobre las razones de nuestra elección. Es como si se quisiese permanecer en la superficie, a un nivel puramente jurídico. Esperamos cosas mejores con el tiempo.

¿Cómo juzga, desde su punto de observación, la situación de la Iglesia y cuál cree que será en el futuro el papel de la FSSPX?

La Iglesia es de Dios, entonces debo esperar. Aunque creo que esta crisis, profunda y tristísima, será larguísima. Existe dentro del cristianismo un pensamiento que no es cristiano, ¡lo decía Pablo VI!, y hoy es Vulgata popular. Muchísimos que creen ser católicos, ya no lo son. Es terrible. Es el abandono de Jesucristo estando dentro de la Iglesia, ¡más ambiguo que eso!

La Fraternidad debe continuar la obra de Mons. Lefebvre, custodiar el sacerdocio, la fe, la Misa de siempre… un día será evidente para todos su función providencial. Amar la Iglesia exige custodiar el tesoro de la fe y de la gracia que le ha confiado Nuestro Señor Jesucristo y que la constituye, esto lo ha hecho desde siempre la Fraternidad, y por esto bendigo a Dios.

El territorio de Ossola tiene grandes tradiciones religiosas. ¿Piensa que la Santa Misa tradicional pueda extenderse aún más en esta zona y en las regiones vecinas?

No sé. Sólo sé que la vida en nuestras montañas toma forma de la Misa católica, la de siempre. La vida de la gente de aquí fue formada por la liturgia tridentina a estar de frente a Dios dramáticamente, esto es con una positividad que informa toda la vida. Pero el mundo “americanizado” llegó aquí, también por desgracia vía la Iglesia, y ha hecho un desastre en lo humano.

¿Cómo es su apostolado en la actualidad, cuántos fieles asisten habitualmente a la iglesia de Vocogno?

La Misa diaria, las dos Misas de los domingos, las confesiones todos los días media hora antes de Misa, la escuela de Domodossola con 13 clases este año, los encuentros de doctrina católica de los viernes, el catecismo para niños, las pruebas semanales de canto… y luego un poco de vida retirada, un poco monástica si me permite, porque si el sacerdote quiere hacer un poco de bien no debe estar metido en todo.

Vivo una gran fraternidad sacerdotal con Don Stefano, quien también se ha volcado a la Misa tradicional, que celebra para sus fieles en la iglesia del hospicio de Domodossola: es una fraternidad operativa, donde también nuestros feligreses tienen momentos comunes. Todo esto hizo nacer un boletín y un sitio web que documenta nuestra vida.

¿Cuántos fieles frecuentamos? No sé. El número varía. Pueden llegar a 120 los domingos de verano, en invierno la asistencia cae, dadas las distancias en este lugar. Pero he aprendido a no contar: los reyes de Israel eran castigados cuando realizaban censos.

¿Cómo calificaría la reciente instrucción Universae Ecclesiae sobre el uso del Misal antiguo?

Ha reafirmado que la Misa de siempre no ha sido jamás vedada y que no puede ser prohibida. Pero aquellos que no quieren admitirla, seguirán confundiendo las cartas.


lunes, 12 de septiembre de 2011

El futuro de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X


¿Qué podría surgir del próximo encuentro del 14 de septiembre entre el cardenal Levada y el obispo Fellay? Sin ánimo de hacer profecías,  nos parece posible esbozar un escenario como el siguiente:

I.  En el plano doctrinal.

1. Una declaración unilateral del Papa o de la Congregación para la Doctrina de la Fe que:

1.1. Precise algunos puntos doctrinales del Vaticano II, a modo de interpretación auténtica, como hizo la declaración Dominus Iesus.

1.2. Repruebe interpretaciones erróneas del Vaticano II, de manera semejante a la carta del Santo Oficio Cum oecumenicum Concilium.

1.3. Condene de manera directa, o indirecta, algunas de las tesis doctrinales de la FSSPX, como ya se hizo en la declaración Libertatis Nuntius.

2. Una declaración bilateral por la que ambas partes expresen su acuerdo sobre algunos temas, lo que puede ser suficiente para una regularización canónica inmediata, o bien una base para nuevas conversaciones en orden a una regularización futura.

3. Ningún acto magisterial nuevo; sólo una remisión a los documentos anteriores.

II. En el plano práctico.

1. Regularización plena de toda la FSSPX. Podría surgir de un acto unilateral de la Santa Sede, aceptado de hecho por la Fraternidad, o por un acuerdo bilateral.

2. No hay regularización canónica. La situación de la FSSPX:

2.1. Mejora, no obstante, porque de modo unilateral de la Santa Sede procura dar mayor seguridad a los fieles allegados a la Fraternidad, sobre todo en cuestiones relacionadas con la recepción de algunos sacramentos.

2.2. Empeora, por la aplicación de nuevas sanciones.

2.3. Permanece sin cambios.

3. División de la FSSPX: una parte importante se regulariza en un ordinariato, u otra figura semejante; otra parte se mantiene sin reconocimiento jurídico, en situaciones como las previstas en 2.

4. Se crea un Ordinariato (o varias estructuras canónicas de índole personal) para todos los institutos dependientes de Ecclesia Dei. Además, una parte de la FSSPX se integra en el nuevo ordinariato, y el resto permanece en situaciones como las señaladas en 2.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Bitácora en mantenimiento


Estimados lectores:

Nuestra bitácora estará en reparaciones por unos días. Los comentarios quedarán en moderación.  Dios mediante, podremos encontrarnos el próximo lunes.

Redacción.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Infodigital


Un nuevo episodio del paroxismo clerical en la red. Como una iracunda pelea de gallos, Religión digital e Infocatólica, con sus respectivos directores, se lanzan a la arena del corral clerical y sacristanesco, para solaz y espectáculo de todos. Recomendamos buena butaca y comenzar las apuestas.
Un embate apocalíptico según los auspicios de Pérez Bustamante, siguiendo su tónica habitual. Sólo le falta la piel de camello, y comer langostas. Este circo digital, sin embargo, pueden ayudarnos a sacar a la luz, la naturaleza profunda de estos proyectos internáuticos, y su sorprendente coincidencia de planteamiento si conseguimos superar el velo de las apariencias. Parece que José Manuel Vidal, director de religión en libertad, recoge el anhelo de José Antonio Pagola, en que se pide una intervención episcopal para desautorizar las habituales soflamas de infocatólica contra determinados personajes de la farándula clerical. Algo que no podía quedar en modo alguno sin contestación por parte de Pérez Bustamante, que pertrechado con las armas de la luz, e indignado con una ira santa, se alza cual ave fénix sobre sus cenizas para castigar a quienes han osado poner en entredicho lo que él considera instrumento de los designios divinos, el portal infocatólico.
Me recuerda a esos niños que ante sus maestros se pasan el día acusándose mutuamente ante sus maestros, que finalmente no les hacen ni caso.
A ver si crecemos un poco, y nos dedicamos a cosas más serias.
Es bien sabido que Religión Digital es pura basura anticlerical –y no basura eclesial como le gusta decir al director de Infocatólica- asimilable a cualquier entidad de las que batallan diariamente contra la Iglesia, o que convocan manifestaciones ateas. Con señeros ejemplos de curas modernistas –recordamos que un cura modernista es un cura ateo- y “laicos comprometedores” cuyo coeficiente intelectual se encuentra entre los más bajos del planeta.  Todo ello es perfectamente sabido. Es esa caterva de almas selectas que saludaron el Concilio como una explosión atómica, que debía purificar los restos de mentalidad “preconciliar”, cauterizando toda reminiscencia “medieval” y “oscurantista”. Una caterva que, recordémoslo bien, ostentó puestos, títulos y honores en la “primitiva” Iglesia postconciliar, pero que tras acostumbrarse a las nuevas poltronas que se habían forjado, decidieron moderar su lenguaje y desautorizar a sus antiguos compañeros de armas, los cuales se convertían en peligros para la estabilidad de sus mullidos sillones.  La diferencia entre la línea “oficial” y la “ultraprogresista” sería la diferencia entre los que consiguieron su “sillón”-mitra, cátedra o prebenda eclesiástica- y los que no la consiguieron. Es la historia de las mezquindades humanas.  Es un hastío indescriptible el que nos produce el tener que leer, semana tras semana, al director de Infocatólica pidiendo dimisiones, con la ausencia casi completa de cualquier discurso conceptual definido. Aún cuando, siguiendo los deseos de Bustamante, mañana secularizasen a la Forcades, Alessio, Pagola o al sursum corda, nada iba a cambiar. A la semana siguiente tendrían en el candelero a otros tantos, focalizando la atención y fobias del respetable. ¿Por qué no cambiaría nada? Sencilla respuesta: los consejos de presbiterio, escuelas de Teología, consejos parroquiales y grupos de laicos comprometidos están dominados ideológicamente por planteamientos idénticos a los que podemos ver en portales como Religión digital u otros. Y a esos obispos no les molesta en absoluto, siempre y cuando que no les muevan la silla. Entonces sí, alertarían del peligro, la falta de comunión eclesial y el discurso al que nos tienen acostumbrados. En caso contrario, tienen el campo abierto para campar a sus respetos, como Pedro por su casa. Desde centros teológicos, escuelas de teología, consejos de presbiterio, consejos parroquiales se puede despotricar contra el Papa, la liturgia tradicional, la concepción católica del matrimonio, la familia, la sociedad, el estado y las carreras de caballos. Pero del Sr. Obispo, ni “mu”. Ese es el precio y límite de la deuda que tienen que pagar.
Por eso, la única alternativa es la restauración católica, que es obra, en efecto, de la Fe, pero también de la razón. Y “restauración” es la palabra clave: la teología y filosofía de Santo Tomás de Aquino, la concepción litúrgica católica, la mística, ascética y espiritualidad católicas no se recuperan con las peticiones dimisionarias de Bustamante, que cooperan a hacer el trabajo sucio de los obispos, que por otra parte, mantienen en todas sus estructuras pastorales los frutos derivados de esos “ideólogos” que Infocatólica pretende supuestamente combatir.  

martes, 6 de septiembre de 2011

El miedo al Ordinariato



En 1989, desde la revista Concilium, el dominico Geffré, manifestaba sus reservas sobre las condiciones para la regularización canónica de las comunidades tradicionalistas vinculadas al Arzobispo Lefebvre. La parte principal del artículo de Geffré se concentraba en lo que, a juicio del autor, eran inaceptables concesiones doctrinales y disciplinarias de parte de la Santa Sede. He aquí las ideas centrales del artículo:

1. A la vista de los millones de católicos que viven serenamente de la herencia del Vaticano II, sorprende la importancia concedida a un puñado de integristas que se confunden de siglo. Que el Protocolo de acuerdo firmado por el cardenal Ratzinger el 5 de mayo de 1988 haya sido texto de referencia para la reintegración de los tradicionalistas resulta perturbador. Porque en el n. 2 del protocolo sólo se pide una aceptación explícita al núm. 25 de la constitución dogmática Lumen gentium, sobre la obediencia debida al magisterio eclesiástico. Acaso las demás enseñanzas fundamentales de la Lumen gentium y de los restantes textos sobre la Iglesia en el mundo, el ecumenismo, la libertad religiosa, ¿forman parte de esos «puntos enseñados por el Vaticano II o referentes a las reformas posteriores de la liturgia y del derecho, y que parecen difícilmente conciliables con la tradición» (núm. 3 de la misma declaración doctrinal)?
2. Hay hechos desconcertantes. Primero, las declaraciones de Dom Gérard Calvet, prior del monasterio benedictino de Santa Magdalena de Barroux (situado cerca de Avíñón, en Francia), que  explica en una entrevista que lo que su comunidad venía pidiendo desde 1983 —la misa de san Pío V, el catecismo, los sacramentos, todo de acuerdo con la tradición secular de la Iglesia— «se otorgaba sin contrapartida doctrinal, sin concesión ni renuncia». Merece la pena citar íntegramente las dos condiciones puestas por el prior de Barroux para la firma de dicho acuerdo: 1ª. «Que este hecho no signifique descrédito para la persona de Mons. Lefebvre. Esto se dijo varias veces durante nuestra conversación con el cardenal Mayer, el cual consintió en ello. Por lo demás, este estatuto se nos ha otorgado gracias a la tenacidad de Mons. Lefebvre...», y 2ª. «Que no se exija de nosotros ninguna contrapartida doctrinal ni litúrgica y que no se imponga ningún silencio a nuestra predicación antimodernista». Segundo, la Fraternidad San Pedro, fundada el 18 de julio de 1988 en la abadía cisterciense de Hauterive (cantón de Friburgo, Suiza). ¿Y cómo no sentir cierto malestar al descubrir que el nuevo superior general de la Fraternidad San Pedro es precisamente Joseph Bisig, asistente durante seis años del superior general de la Fraternidad San Pío X, y antiguo superior durante siete años del seminario integrista de Zeizkofen (Alemania)? ¿Habrá que entender que, en la Iglesia católica de 1989, conviene no sólo tolerar, sino alentar una «espiritualidad tradicional» que se distancia abiertamente del espíritu del Concilio y del espíritu de Asís? Tercero, la creación, por decreto fechado el 28 de octubre, de la Fraternidad San Vicente Ferrer como instituto de vida consagrada de derecho pontificio, sometido a la autoridad de la Santa Sede por medio de la comisión «Ecclesia Dei». Se trata, en realidad, de nueve «dominicos» integristas de Chéméré-le-Roi, en Mayenne (Francia), que habían usurpado el nombre, las constituciones, la liturgia y el hábito de la Orden, pero que terminaron rompiendo con Mons. Lefebvre ya antes del cisma. El decreto no les concede la denominación de «Frailes Predicadores», pero prevé la vida regular a ejemplo del uso en vigor entre los hijos de santo Domingo, así como el uso de la liturgia dominicana, según los libros anteriores a 1962 y del hábito dominicano. ¿Cómo se concede a un grupo ajeno a la Orden el uso de las antiguas constituciones y de la liturgia dominicana anterior a la reforma litúrgica de 1962 y, por tanto, totalmente desconectadas de la tradición viva de la Orden?
3. Los hechos hablan por sí mismos. Cabe preguntar si el actual interés del Vaticano en no dejarse desbordar por los tradicionalistas no se opone exactamente al interés del Vaticano II, que quería permanecer a la escucha del mundo y conectar con las legítimas aspiraciones del hombre moderno. So pretexto de dar satisfacción a los eternos nostálgicos del preconcilio, se corre el riesgo de desalentar a una muchedumbre de fieles que siguen viviendo el acontecimiento del Concilio Vaticano II como acontecimiento de gracia para la Iglesia y para el mundo.

No es raro que los progresistas repitan hoy los mismos tópicos que en el pasado. Lo que nos preguntamos es qué dirían los necons si se llegara a una regularización canónica de la HSSPX, con un acuerdo doctrinal de contenido semejante al de 1989, pero ahora acompañado de las amplias libertades de acción que ofrece la figura  del  Ordinariato personal.

P.S. Nuestros vecinos infocatólicos, al decir de don Latino de Híspalis, cada día se ponen más "estupendos". Su director nos obsequia hoy con un episodio más de su auto-exaltación psico-biográfica, a cuyo lado el Cid campeador es una hermanita de la caridad. Menos mal que sólo tiene un blog. Y menos mal que sólo se dedica a exigir dimisiones acompañadas con citas ad hoc de la Sagrada Escritura, con un sobrecogedor desierto de ideas. Dedica una entrada al tema de la reunión del 14 de septiembre don Miguel Vinuesa, al que habremos de agradecer que nos permita abrigar la sospecha de que anida en nosotros el don de la clarividencia- la capacidad de ver a través de cuerpos opacos- pues, leído el título de la entrada, nos vemos capaces de adivinar su contenido. En el de hoy nos encontramos un buen ejemplo de tópicos predecibles. Auguramos también que pase lo que pase en la reunión romana del 14 de septiembre,  a Infocatólica le parecerá fabuloso. Habla Vinuesa de la abierta acogida paternal del Papa a la Hermandad San Pío X. Hay que recordar que la Santa Sede se compone del Papa y quienes con él colaboran para el gobierno de la Iglesia. Paternalmente al cardenal Castrillón se le apartó y aceptó su dimisión de manera muy poco caballeresca, y al cardenal Ranjith se le mandó de un puntapié a Sri Lanka para mayor gloria del bertonismo curialesco. Si pretende Vinuesa hipostasiar a la cúpula de Bertone en la persona humana de Benedicto XVI, está en su derecho. Nosotros haremos, como es habitual, suspensión de juicio hasta que todos los hechos pueden articularse y por lo tanto ponerse en claro la actitud tanto de las autoridades romanas como las de la Hermandad San Pío X. Intentaremos estar atentos.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Las críticas a los movimientos (II): qué hacer.


Segunda entrega nuestro lector Ludovicus sobre las críticas a los movimientos. 

Sin ánimo de escribir una receta, arriesgo a vuelapluma algunos temperamentos. Buscan más que nada propiciar el debate para que la jerarquía tome cartas, de modo sistemático, en el asunto y no reaccione cual bombero ante el incendio. Lo que queda claro es que la inercia o la complacencia no es una opción. Tienen un costo humano y sobrenatural, como hemos explicado, que ninguna contabilidad resultadista podrá equiparar.

Si tuviéramos que cifrar la acción requerida en una palabra, diríamos “control”. Control teológico, control sobre todo de la praxis, control interdisciplinario (a la luz de la sociología y psicología) de las conductas, control económico. Y no sólo cuando salta la liebre. Y asociando al control a los Ordinarios.

1) Hay que relativizar los movimientos, en lo que tienen de coyunturales, en sus propias normas, costumbres y convicciones. El precio de apartarse de la tradición es jugar por libre, a nadie es lícito refrendar con la autoridad de la Iglesia una novedad. Ninguna congregación o movimiento surge como Atenea de la cabeza de Júpiter.   Toda organización humana, salvo la Iglesia que es de directa fundación divina,   no es más que un experimento, una tentativa falible de responder a la llamada de   Dios. Esta relativización es la base para poder corregir la organización, en lo   que tienen de heteroprácticas, de irracionales o de absurdas sus normas,   costumbres y convicciones. Al contrario, si se afirma que el Fundador ha   recibido del Espíritu Santo un combo completo y perfecto de reglas, es obvio que   cuestionar aspectos de la organización es cuestionar a Dios. Hay   mucho   repetidor mecánico de que “esto es obra indudable del Espíritu  Santo”.   Pues   todo lo que es bueno, en tanto bueno, es obra, en cierto modo, del Espíritu   Santo,   pero eso no autoriza a librar cheques en blanco a su cuenta o   convertirlo en   avalista de nuestras propias iniciativas e ideas personales.

Esto también implica revisar la barroca “teología del Fundador” y del “carisma   institucional”. Es decir, la idea, dicho bastamente,  de que Dios periódicamente   envía    nuevas revelaciones al mundo, cuyo vehículo o instrumento es un   iluminado que recibe   íntegra una visión y una misión que lo lleva a construir una   mini Iglesia, más Iglesia que la Iglesia, que no se puede corregir ni discutir so   pena de discutirle al Espíritu Santo. Caricaturizo pero no tanto. En estas   condiciones, claro que la crítica es una locura. La clave está, por un   lado, en   no matar la vitalidad de un movimiento en sus peculiaridades lícitas y   católicas, y por el otro, evitar que se desarrollen idiotismos y peculiaridades   sectarizantes o lo que es lo mismo, heteropraxis.
    
2) Reconocer la verdad de la heteropraxis, aislando las conductas. Una organización con tendencia sectaria tiende a esconder, reinterpretar, banalizar o desmentir las notas más  cuestionables. En el limite, el adepto dice que “no comprendes porque desconoces la organización”. Pues bien, hay que establecer claramente cuál sea la verdad de la organización en relación con conductas heteroprácticas. Hay que resistir la fácil afirmación: “no es así como dices” “es falso que ocurra tal cosa” “los rebotados y los resentidos mienten”. Puede haber calumnias, pero cuando las afirmaciones se reiteran, en diversos tiempos y espacios, una y otra vez, algo hay. Habrá que separar, cuidadosamente, hechos de interpretaciones. Dejar bien establecidos los hechos, y las interpretaciones benévolas para después. Para eso sirven y cómo, los ex.

La desviación interpretativa no necesariamente obedece a mala fe o simple   lavado de cerebro, sino a la reacción que genera la existencia de conductas   cuestionables o irracionales en toda   organización amada y valorada por sus   miembros, y al consecuente impulso de disimularlas. Es una reacción de   defensa   de la psiquis.  Para este reconocimiento, hace falta   un tercero ajeno a la   organización, que actúe como objetivador de las relaciones y las conductas. Y   obre todo, de las  “creencias internas”, que son invisibles al análisis de la   documentación pero se encuentran a buen resguardo en el disco rígido de todos   los miembros y  conforman, junto con el “buen espíritu” el núcleo vivo de   toda organización con heteropraxis. Volveremos sobre este tema en algún   artículo posterior.

Se cuidará sobre todo el lenguaje, evitando cuidadosamente el doble discurso, la   reserva o restricción mental, el maquiavelismo conceptual, la falta de amor a la   verdad, la manipulación, la contradicción y el absurdo y la doble vara de medir,   que son el humus del   sectarismo.

3) Autodetección. Al igual que enseñamos a las personas a prevenir ciertas enfermedades por medio del autoexamen, se debe instruir a los fieles a detectar las desviaciones de la correcta praxis católica o simplemente racional por medio de un entrenamiento sencillo. Bastará con enumerar los principales patrones de comportamiento sectario, que suelen ser constantes, y fomentar la sana actitud crítica a la luz de la razón iluminada por la fe. Sería de agradecer un documento o manual de algún dicasterio romano al respecto, al estilo del decálogo de Pete Vere sobre detección de tendencias sectarias o heteroprácticas. Se deberá calificar claramente qué medios son lícitos y qué medios son ilícitos, con prescindencia de la nobleza del fin procurado.
  El “buen espíritu”, que suele ser un prisma deformante que a veces usan los   miembros de una organización para asegurarse el control subjetivo y consolidar   las convicciones al margen de la letra escrita, debe   transformarse en   “espíritu objetivo” o “crítico”, no por ello menos “bueno”. La conformidad con   la “regula”, no sólo con la voluntad del superior, es la  garantía de la objetividad   y sanidad de la estructura.

4) Prohibición de documentación interna secreta. Publicación de todo lo que se lee en un movimiento. Y si no se puede publicar, pues que no circule tampoco. Pocas reglas, claras y objetivas. Acento en la ortopraxis respecto de la dirección espiritual, proselitismo, ingreso de menores, relacion con las familias de sangre, control de la intimidad y  egreso de los miembros.
¿Doctrina? La del Magisterio, sin perjuicio de la investigación teológica.
No se trata de reprimir la producción y creatividad intelectual de los integrantes   de la  organización, sino de limitar la “doctrina oficial” de la misma, para evitar   que se   transforme en un magisterio paralelo, con la fuerza presurizante del líder   y del movimiento, que desplaza de facto o reinterpreta al magisterio oficial.

5) Evitar los hechos consumados. Que ninguna organización ostente el marbete de    católica sin un control previo. Que toda regla vinculada con el control de conciencias, manejo de la intimidad, correspondencia, relaciones familiares, relaciones con los menores y en general todo lo que constituye peligro de parangón con el patrón sectario sea cuidadosamente examinada,  ex ante. Y si no se quiere pasar por este escrutinio, que se adopte sin más una regla universal, como se hace en Oriente.  Que no haya iniciativa litúrgica, conforme la regla vigente en la Sacrosanctum Concilium.  Que cualquier modificación de la pauta normal sea sometida en principio a Roma y sólo después adoptada. 

6) No a los Fundadores vitalicios. Revisión seria del rol del fundador, con miras a la “eutanasia” o “suicidio” de su personalidad en sus miembros. También al Fundador le cabe, máximamente, el mandato de negarse a sí mismo. El Fundador es el responsable del culto que recibe en la organización, con prescindencia de que lo quiera o no. Debe ser el principal enemigo de su dulía. Un buen Fundador debe aborrecer a los adoradores y a los clones, debe disminuir para que los miembros crezcan.

7) Instancias de apelación expedita a Roma por cuestiones internas, con vista a quien ejerza el control de la organización.

8) Todo lo anterior confluye en la necesidad de un control extrínseco y objetivo a la organización. Roma deberá gastar en Síndicos y Auditores. No otra cosa se exige a las empresas que hacen franchising de un producto. Aquí el producto es demasiado valioso para someterlo a controles de calidad posteriores, lentos y gravosos para quienes ya lo han consumido.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Espiritualidad laical: utilidad social del deber de estado


Continuamos con con la publicación de textos de Sertillanges. 

«Nuestras ocupaciones son limitadas, escribe Bossuet, pero la extensión de la caridad es infinita». Aquí se da uno cuenta del vuelo que toma; y cómo cuando se habla con lenguaje cristiano de la utilidad social, la afirmación pugna para no ser reducida a los límites del tiempo. Pero aun sin salimos de ellos podemos decir que el deber de estado de los ciudadanos constituye para un país el fondo inconmovible de sus esperanzas, y el motivo más fundado de sus temores si es que flaquea el amor a este deber.

No son los manejos políticos, ni la propaganda de la guerra o las órdenes del Congreso lo que fabrica la consistencia del Estado; si la tiene es por la modesta fidelidad de los humildes a sus trabajos, por la integridad vigilante de los funcionarios y gerentes de todas las clases, por la prudencia esforzada de los padres de familia, por sus hijos e hijas, y más que por todo —no hay que dudarlo— por la dignidad silenciosa de esas amas de casa, fuertes y sagaces. Esta es la defensa de un país. Lo demás, no es más que apariencia y adorno.

Tomado en general, el trabajo es para proporcionar nuevos órganos a la humanidad, nuevos medios de manifestación al espíritu y nuevos recursos a los fines de la creación; pero no se obtiene este efecto colectivo si no es por la perseverancia de cada uno en lo que ha de hacer y por toda clase de virtudes que para ello se requieren. ¿Sería todo esto una candidez? ¡Ay!, por desgracia las verdades de Perogrullo son precisamente entre todas, las más ignoradas, y en todo caso las que menos se aprecian y practican.

De ordinario nos quejamos de todo; los negocios públicos no van bien, sus ruedas chirrían, todo el mundo está descontento y protesta ruidosamente; se echa la culpa a las constituciones, a las mayorías o minorías, a las ocupaciones demasiado activas o demasiado abúlicas, al pueblo vecino y al continente lejano. Pero id al fondo y os daréis cuenta de que existe una disgregación de las energías morales y profesionales, un deseo inconsciente de hacerse arrastrar por la colectividad en lugar de seguir en su puesto entre aquellos que la toman sobre sí antes de exigir de ella provecho alguno.

Generalmente, se queja más el que menos hace. El buen trabajador, no tiene tiempo para ello y apenas si lo intenta alguna vez. El que está ligado estrechamente a su obra espera —y con mucha razón— sacar de ella lo que en sí contiene, aun en medio del común desorden que, por otra parte, se guarda bien de aumentarlo con su impaciencia. ¡Cada uno en su puesto! Esta es la divisa del orden, útil sobre todo en los períodos de turbación, como ocurre en el barco amenazado por la tempestad. Y en tiempo de calma la misma divisa asegura la marcha y evita los escollos; lo demás es todo charlatanería, pasión y agitación.

Y no se diga: «de poco vale mi actuación. ¿Qué es lo que puedo hacer yo? Otro podrá». No se diga, porque ese "otro" es de tu misma pasta, y si tú no cumples tu deber, ¿a qué santo vas a dictarle el suyo?

Nos quejamos de las autoridades; pero, ¿serían lo que son si nosotros no fuéramos lo que somos? «A mí me parece que solamente se las puede criticar con razón después que se ha hecho para servirlas lo que era preciso», escribía Renán en una carta.

Cada uno mire por la cuenta propia que ha de dar a Dios, a su conciencia y a la conciencia común. Cada uno responda por sí. El riachuelo riega la tierra en la medida en que sus aguas lo permitan, exista o no exista el verdadero río. Y no tiene más que soltar sus aguas para cumplir su cometido: fluir y bañar sus orillas; si todas las corrientes de aguas hacen lo mismo —pero esto corre a cuenta ajena— la región quedaría perfectamente regada.

Nosotros elevaríamos la voz para decir que en los planes íntimos de la providencia cada persona es indispensable en todo el universo, y en consecuencia se puede afirmar con razón que en un grupo social cada elemento es indispensable a los demás, por insignificante que sea. Todos los oficios son buenos. El artesano más humilde y la sirvienta más modesta ayudan al poderoso y favorecen al gran pensador. La colectividad les es deudora y de vez en cuando lo confiesa condecorando a un viejo servidor, a una institutriz abnegada, a una hermana de la caridad, a un obrero o al patrón de una barca bretona.

Pero es necesario amar el deber de estado para que sea grande y útil. La flojera y la negligencia —y más que todo la envidia, el espíritu sombrío y murmurador que sólo piensa en el deber ajeno— lo inficiona todo. Tú, cristiano, dirige a ti mismo tus amonestaciones; ahí es donde harán efecto. ¿Te parece que es prudente meterse uno donde no le llaman? Reforma tu vida si es que lo necesitas. ¿Que vas bien?, pues adelante y procura rendir el doble, teniendo en cuenta que en este caso ocurre como en un siniestro donde se ve en seguida quiénes son los valientes y quiénes los cobardes.

Yo he presenciado algún accidente. Unos vociferaban, las mujeres lloraban, los más ágiles procuraban sustraerse al peligro, y de una parte a otra se veía a los del equipo de salvamento que libraban del peligro a vidas amenazadas y se esforzaban en atajar el desastre. Honor a aquellos que comprenden así el deber y lo miran con tal grandeza de alma que no ven distancia entre lo suyo y lo del impotente o lo del cobarde. Pero también honor a todos aquellos que se están humildemente ante su trabajo, sin complicarlo, para realizarlo simplemente hasta que Dios quiera. También a éstos se les dirá: "Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor".

viernes, 2 de septiembre de 2011

La insoportable levedad de Monseñor Mariano Fazio


Monseñor Mariano Fazio Fernández, Vicario del Opus Dei en la Argentina, ha publicado un artículo en el diario Clarín, que glosamos a continuación.

El Papa nos dice que la vía es Jesús
20 de agosto de 2011
Clarín // Mons. Mariano Fazio
Todos los tiempos de la historia plantean un desafío a nuestra fe. Para nosotros, los cristianos del siglo XXI, radica en la apertura y la autenticidad. En reconocer y valorar la diversidad de dones y de formas de vivir la unión con Dios, y con sencillez dar testimonio de nuestro encuentro con Él, el testimonio vivencial de que Dios llena el alma de felicidad y redunda en bien de los que tenemos al lado. Una vida que incluye, que abre las puertas e invita a entrar; una Iglesia que refleje a Cristo que perdona y abre los brazos para recibir a todos: esa Iglesia debemos ser cada uno.
¿Por qué los desafíos son la apertura y la autenticidad y no otros? No sabemos las razones de esta reducción. Lo que sí nos parece claro es que apertura y autenticidad tienen suficiente vaguedad para no salir de las coordenadas de la corrección política.
La diversidad de formas de vivir la unión con Dios es un hecho verificable. Además de reconocerlo, nos gustaría conocer la valoración del autor. A nosotros, la Tradición nos ha enseñado que hay una religión verdadera y que las demás son falsas. Que el ideal contenido en la voluntad divina es que todos los hombres, y todas las sociedades, profesen la fe católica, única verdadera. Todo lo que se aleja de este ideal, no puede ser sino un mal objetivo, una carencia de verdad y de bien.
Quizá en otro tiempo, la luz de Dios resplandecía en las catedrales, las mitras, las cátedras, las leyes: hoy debe relucir en los cristianos comunes y corrientes. Juan Pablo II, siguiendo a Pablo VI, ha dicho que nuestra época necesita testigos antes que maestros, más poner el hombro que dar sermones. Para recuperar la luz de la fe, los demás deberían poder ver a Dios cuando miran a los ojos de los cristianos. Deberían encontrar paz, compresión, ánimo, ilusión, humildad, generosidad, alegría. 
Llama la atención que el autor deje para el pasado las realizaciones sociales de la impregnación del orden temporal contraponiéndolas al testimonio personal. Curioso porque ha sido el Vaticano II el que ha llamado a los laicos a la consecratio mundi, de todas las realidades terrenas. Jesucristo no es facultativo para las sociedades; la vocación de los cristianos al apostolado no debe confinarse a la esfera privada.
Toda potestad terrena se debe ordenar al bien temporal de modo que no sólo no dificulte sino que facilite la consecución del fin eterno y sobrenatural merecido por Cristo para todos los hombres. Esta es una verdad que no caduca nunca en la esfera de los principios; aunque por la malicia humana, que es la causa del pluralismo religioso, no se pueda actualizar fuera de las sociedades con unidad religiosa católica.
Vivimos días de búsqueda, en los que palabras como indignación, revuelta, manifestación, insatisfacción, poseen una especial resonancia. La sociedad de consumo no logra saciar al hombre, y los jóvenes lo denuncian. Ese es nuestro eclipse. Sin embargo, los hombres y las mujeres de hoy no renunciamos a los ideales grandes, queremos gritar con fuerza lo mismo que hace tantos años “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!”. No queremos ceder al cinismo o al conformismo.
Que un sacerdote de Jesucristo hable de «grandes ideales» en alusión a la revolución de 1789 —bañada en la sangre del genocidio de La Vendée— nos causa perplejidad e indignación. En primer lugar, porque vemos que «la Revolución ha conseguido hacerse amar por aquellos mismos de los cuales es su enemiga mortal», como lo diagnosticara oportunamente Joseph de Maistre. Y en segundo, porque nos parece muy triste leer a un sacerdote del Opus Dei renovando «volterianismos de peluca empolvada, o liberalismos desacreditados del XIX» (Camino, 849).
Benedicto XVI nos dice que Jesús es el camino para llenar estas expectativas: la vida cristiana es encuentro personal con Cristo. No es una ideología, una doctrina, un programa ético. Es diálogo, confianza, amor. “El hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti”. En medios de estas tinieblas, los cristianos debemos ser luz: este es el mensaje del Papa. Luz que haga brillar a los demás, con sus talentos y sus aportes.
Aquí el discurso piadoso silencia una premisa importantísima: Cristo es Dios. Lo demás, se sigue como consecuencia.
San Josemaría dejó escrito: “Estas crisis mundiales son crisis de santos”. ¡Qué distintos sería el mundo si más cristianos fuéramos santos! Si hubiera más Madres Teresas, más Juan Pablos II, más Ceferinos, más Juanes Bosco… personas como nosotros que reflejaron en su vida la vida de Jesús y fueron fuentes inagotables de paz y esperanza, dejando a su paso un sendero luminoso y alegre.
Sin dudas los santos son necesarios pero de hecho son poco numerosos. Siempre han sido una pequeña minoría. Distinto sería el orden temporal si los católicos, santos y pecadores, clérigos y laicos, no desistieran de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo para entrar en colusión con el mundo. Si no olvidaran el tradicional canto: «A Dios queremos en la enseñanza, en la familia, en la costumbres, Dios en el pueblo, Dios en la ley».
La juventud no es solo una cuestión de edad, es una cualidad del alma. El alma que tiene proyectos, que piensa que los sueños se pueden lograr, que se ilusiona con que un mundo mejor es posible. Benedicto XVI nos desafía a todos y nos muestra su juventud: un mundo distinto es posible, que tu vida no sea una vida estéril, que sea algo grande, depende de vos: si dejás entrar a Dios en ella, puede ser como la vida de Dios.
Pensábamos que el autor tenía la suficiente lucidez para no ingresar en los tópicos de la «juvenilización de la Iglesia », de acuerdo con la descripción de Romano Amerio. Parece que nos equivocamos… En realidad, la juventud es un proyecto de no-juventud y la edad madura no debe modelarse sobre ella, sino sobre la sabiduría de la madurez. Ninguna edad de la vida tiene como modelo su propio devenir hacia otra edad de la vida, propia o ajena. El modelo para cada una viene dado por la esencia deontológica del hombre, que debe ser buscada y vivida, y es idéntica para todas las edades de la vida. La conducta de la Iglesia hacia la juventud no puede prescindir de la oposición entre los siguientes elementos correlativos: quien es imperfecto ante quien es perfecto (relativamente, se entiende) y quien no sabe y por tanto aprende, ante quien sabe (relativamente, se entiende). Siendo la juventud una vida incipiente, es necesario que comprenda y le sea explicado el todo de la vida, es decir: el fin en el cual la virtualidad del incipiente debe realizarse, y la forma en la cual la potencia debe desplegarse. La vida es difícil, o si se quiere, seria.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Preguntar a la realidad


Los comentarios de la entrada precedente sobre faldas y pantalones demuestran la conveniencia de recordar el papel de la prudencia como virtud que nos hace interrogar a la realidad en sus concretas circunstancias, de aquí y ahora, antes de tomar decisiones morales.
Hay que saber escuchar, a su hora, pero no antes, lo que «el tiempo dirá». Precisamente este don de saber: a) preguntar a la realidad, b) escuchar su respuesta, y c) seguir lo que nos ha respondido, nos lo otorga la virtud de la prudencia.
Su nombre está hoy, por desgracia, desacreditado; pero su realidad es sumamente actual. Ante una situación dramática caben dos posturas: la del que, mientras contesta «lo pensaré» o «es menester reflexionar», lo que está buscando es una escapatoria porque, incapaz de tomar una decisión por sí, espera el «giro de los acontecimientos» y que la decisión le sea dictada «por las cosas mismas», es decir, por los otros; y a este modo de comportamiento es a lo que se llama hoy «ser pru­dente».
Pero frente a esa misma situación dramática cabe otra manera de comportarse: la del que «ve» lo que se ha de hacer y lo hace; y en ella consiste la verdadera prudencia. La prudencia no radica en la decisión por la decisión, pero tampoco es retroceder ante lo que «nos pone en un compromiso». La prudencia no es, sin más, engagement, pero es también engagement.