jueves, 2 de junio de 2016

El Confesionario de Vidrio



por John Senior 

Capítulo 5 del libro The Remnants: The Final Essays of John Senior, serie de artículos del Dr. John Senior publicados en el periódico The Remnant y discursos dados en los foros organizados por éste.

Estas apresuradas notas documentan un estado (angustioso) de mente y alma en los días que van entre las consagraciones en Ecône, la amenaza de la excomunión colgando sobre las cabezas de los que asistimos a Misa en las capillas de la Sociedad de San Pío X, y el domingo por venir. Ansío escuchar las opiniones más fundamentadas, especialmente de Walter Matt, el mejor periodista católico en los Estados Unidos, Michael Davies en Inglaterra, Jean Madiran en Francia y Dom Gerard del Barroux.

Mientras espero su buen consejo—y de otros que van a querer mantenerse anónimos—invoco el dulce pero afilado espíritu de Santo Tomás Moro que reprendió en la cara a su amado Rey (y asesino) y le ofreció un “Dios esté contigo” desde el patíbulo. Es posible que hombres de buena voluntad e incluso santos se sienten a ambos extremos de esta disputa, tal vez durante décadas—por lo que sabemos, quizá hasta el fin del mundo. Mientras tanto, “la sabiduría del justo”, como dice San Gregorio, “no es practicar la simulación, sino hablar de lo que está en su corazón, amando la verdad tal cual es”. Ya basta de evasiones consideradas. La verdad y la caridad son tan filosas como cualquier espada de dos filos.

Así es cómo me parece a mí, sin archivos de investigación, ni notas, ni tiempo para detectar cada error—el asunto completo viniendo, como lo hacen las grandes decisiones, de repente y ahora.

Tres cosas se deben considerar primero como terreno de toda esta discusión: 1) En el orden psicológico, el hombre debe estar lúcido. Como remarcaba el gran filósofo Boecio, el borracho ni siquiera reconoce el camino de regreso a su casa. 2) En el orden moral, debemos encarar y decir la verdad. 3) En el orden del conocimiento, la prueba se fundamenta en un hecho obvio y en principios de razón. Estas tres cosas son el terreno del discurso racional, lo que sintéticamente podemos llamar “sentido común”. Son anteriores a la discusión, no teniendo nada que ver con la preparación; su mejor custodio es el hombre de a pie.

Ahora bien, me parece que las grandes cuestiones de la vida y la muerte siempre se reducen al sentido común. Dios no va a responsabilizarnos por las cinco pruebas de Su existencia o por los quodlibets y las quididades del Derecho Canónico, que son materia del experto. Debemos actuar, aquí y ahora, bajo la amenaza de excomunión antes de la Misa del próximo domingo, sobre lo que vemos y conocemos.

Primero, en el orden psicológico, cuando nos cuestionamos las grandes preguntas de la vida y la muerte, el  buen hombre siempre comienza no con un “¿qué es lo que yo veo?” sino con un “¿qué es lo que mi madre dijo?” Así como en El Negrito de William Blake:

Mi madre educóme debajo de un árbol,
Y sentados antes del calor del día,
Me puso en su falda, después me dio un beso,
E indicando al este, empezó a decir:

“Mira el sol naciente: allí Dios habita,
Y brinda su luz, su calor obsequia;
Y hombres, bestias, árboles y flores reciben
Solaz en el alba, ventura en la tarde.

Y nos da en la tierra un exiguo tiempo
para que aprendamos a sobrellevar del amor los rayos;
Y estos cuerpos negros, y este ardiente rostro,
Son sólo una nube, cual bosque sombrío.

Cuando nuestras almas el calor resistan,
La nube se irá, oiremos su voz:
“Salid de la fronda, mis hijos amados,
Y en torno a mi tienda gozad cual corderos”.

Al pequeño niño católico le han enseñado que la forma más segura de hacer cierta esta idea es simplemente “seguir al Papa”. Ahora bien, una regla tan profundamente conocida no puede ser contradicha. Se yergue como un primer principio práctico de toda disputa católica.

Sin embargo, mi madre también me enseñó que nadie, ni siquiera el Papa, me puede ordenar pecar, y por lo tanto el hecho evidente y la recta razón son anteriores a la obediencia porque uno debe oír y entender las órdenes y llevarlas a cabo en tiempos y espacios concretos en buena conciencia.

1) En el orden psicológico eso significa que la autoridad debe estar lúcida, ni de alguna forma ebria, ni actuando bajo compulsión. Newman, refiriéndose a la excomunión de San Atanasio, dice que era como si el herético Emperador romano guiara la mano del Papa Liberio cuando escribió la orden inválida. Y, por supuesto, San Atanasio no fue en nada desobediente al ignorar tal nulidad.

2) En el orden moral, toda disputa presupone honestidad. Además del simple abuso de poner cualquier nombramiento eclesiástico o de otro tipo antes que la verdad, existe tristemente una dificultad indeterminada, una moral “renacentista” que propone semi-fraudes como “puedo hacer más bien si sigo la corriente y trabajo desde adentro para cambiarlo”. Bueno, eso depende de qué tan mal las cosas estén y de qué tan seria sea el asunto. Cuando la vida y la muerte están en juego, tenemos que tomar una postura.

3) En el orden del conocimiento, debemos comenzar con: a) los principios de razón—estos son las leyes de contradicción, razón suficiente y causa/efecto. Cuando los filósofos dicen que la existencia es un “hacerse” esencialmente contradictorio, uno tiene que dudar de la prognosis de cualquier argumento que den. Y b) el hecho evidente u obvio. Ob del latín significa que es “algo contra lo que uno se topa”. Y via que es “en el camino”. No estamos hablando de la discusión, sino de la base de cualquier discusión. Ni siquiera estamos en la etapa de la investigación cuando uno trata de dilucidar las cosas dificultosas que no están claras, sino mucho antes al comienzo cuando al menos algo debe estar claro, de lo contrario no podríamos avanzar. Tenemos que poder ver el telescopio frente a nosotros antes de intentar mirar a través de él. El hecho obvio no es una conclusión científica sino evidencia de sentido común que cualquiera (honesta y lúcidamente) puede ver.

Presionado por una inquisición tiránica, el hombre de la calle, Winston Smith, en la novela 1984 de George Orwell, explica:

“Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo.”

Era inevitable que hagan tal aseveración tarde o temprano: la lógica de su posición lo exigía. No sólo la validez de la experiencia sino la misma existencia de una realidad externa era negada por su filosofía. La herejía de las herejías era el sentido común… El Partido te ordenaba rechazar la evidencia ante tus ojos y tus oídos. Era su orden final y más esencial… Y sin embargo, ¡él estaba en lo cierto! Ellos estaban equivocados y él estaba en lo correcto. Lo obvio, lo trivial, la verdad, tenían que ser defendidas. Las perogrulladas son verdades, ¡aférrate a eso!... Las piedras son duras, el agua es húmeda, los objetos sin soporte caen hacia el centro de la tierra. Con el sentimiento de que estaba proponiendo un axioma importante, escribió: “La libertad significa libertad para decir que dos más dos son cuatro. Si eso se admite, todo lo demás se da por añadidura.”

Es un axioma de la obediencia que uno no puede dar un juicio privado contra la autoridad. En materias eclesiásticas esto significa que el Papa es la corte suprema de todas las disputas en fe y moral. Pero Winston Smith no está hablando del juicio privado o de cualquier otro tipo. Está refiriéndose al fundamento. Ninguna autoridad, corte suprema, rey, papa o ángel del cielo puede forzar la obediencia contra hechos evidentes ante un peligro claro y presente. Ningún timonel sigue órdenes de avanzar a toda velocidad contra un iceberg.

Existe un cuento famoso sobre la gran flota británica en maniobras en el Mediterráneo: Unos cien buques se encolumnaron como pelotones. De repente la bandera del almirante les ordena un giro que si cada capitán sigue los hará estrellarse unos contra otros. Noventa y nueve obedecieron. Sólo uno ve y razona lo que el almirante había querido decir—o habría tenido que querer decir—estribor, ¡no babor! Entonces se escabulle libremente hasta quedar seguro mientras los noventa y nueve restantes “obedientemente” colisionan y se hunden. Cuando, durante el sumario que siguió, alguien preguntó si el capitán sobreviviente debía ser sometido al tribunal militar por desobediencia ante una orden directa, los miembros del Almirantazgo se rieron.

En la cuestión actual acerca de la aparente excomunión del arzobispo Lefebvre, asumiendo que nuestro amor al Papado no nos ciegue para ni siquiera considerar lo evidente—“¡el Papa no puede equivocarse!”—cualquiera puede ver que la Iglesia se está direccionando hacia un surgente hielo de increencia. Un hombre bien instruido puede cerrar sus ojos y oídos ante una Misa Novus Ordo y decirse asimismo de memoria que esta acción es el mismo sacrificio que Cristo en el Calvario ofreció bajo la apariencia incruenta del pan y el vino. Pero no es posible para la gente ordinaria y especialmente para los niños que no tienen memoria de algo así conservar la Fe frente al asalto contra los sentidos, las emociones y la inteligencia de un modo que haría sonrojar al “Partido” de George Orwell.

El “Partido” en este caso es un bloque determinado de teólogos modernistas cuya mala fe al negociar una “reconciliación” con los tradicionalistas es evidente en la declaración papal que siguió a las consagraciones del arzobispo Lefebvre. Citando el cable de Associated Press del 3 de julio de 1988, se lee:
A todos esos fieles católicos que se sienten vinculados a algunas precedentes formas litúrgicas y disciplinares de la tradición latina, deseo también manifestar mi voluntad […] de facilitar su vuelta a la comunión eclesial a través de las medidas necesarias para garantizar el respeto de sus justas aspiraciones. [http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/motu_proprio/documents/hf_jp-ii_motu-proprio_02071988_ecclesia-dei.html]
Este es un ejemplo de prosa vaticana estándar estos días—en filosa frase del abbe Georges de Nantes (cito del francés), ¡es “bla, bla, bla”! ¿”Algunas precedentes formas litúrgicas disciplinares”? Así se llama a la Misa inmemorial de la Iglesia Católica que según el Concilio de Trento viene de los Apóstoles. ¡Y pensar que un sindicalista vaya a cerrar un acuerdo donde se lea: “deseo también manifestar mi voluntad […] de facilitar […] a través de las medidas necesarias para garantizar el respeto de sus justas aspiraciones”!
Estamos bajo la autoridad de teólogos que niegan las leyes de contradicción, razón suficiente y causa/efecto. Realmente creen que la filosofía dialéctica del “hacerse” que inspiró a Marx y Engels pueden reconciliarse con la Revelación cristiana. En términos de gestión práctica significa que el progreso requiere una vuelta hacia la derecha y una vuelta hacia la izquierda mientras el timón apunta hacia el Novus Ordo Saeculorum. Cortemos la cabeza a Lefebvre y arrojemos las migas a los tradicionalistas. La vieja Misa, en realidad, podrá permitirse por un tiempo (¡como si tuviese que serlo!); comités se armarán y deberemos morir de blablá mortal. Nadie (que no quiera) puede ser engañado con lenguaje como éste. No hay cambio de mente ni de corazón; ni siquiera reconocimiento de la cuestión real. “Deseo manifestar mi voluntad […] de facilitar…” Glasnot eclesiástico.

Todas las gentiles declaraciones sobre la Misa realizadas en Roma consuelan a los viejos para los que las reformas del Concilio vinieron “demasiado rápido” y a veces con innecesaria “falta de sensibilidad”—pero nadie ha dicho que las reformas estaban mal. Se han negado a encarar el asunto—que no es nostalgia de parte de aquellos “que se sienten vinculados a algunas precedentes formas litúrgicas”, sino el naufragio de la Iglesia Católica. Me refiero a que una nueva Misa, un nuevo catecismo, una nueva moral, una Biblia deliberadamente mal traducida, una arquitectura y una música que constituyen un concienzudamente orquestado y ensayado ataque a la doctrina y la práctica católicas. Lean la declaración papal diez veces si quieren. No necesitan argumentos. Constituye en sí misma una prueba de su radical insinceridad. No puede ser explicado como un malentendido con respecto a la cuestión; es simplemente una distorsión. Como si la Misa fuese solamente “nuestras aspiraciones” y no un hecho para todo el mundo:

la luz verdadera, que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre… Mas a cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre; que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos. Y el Verbo se hizo carne [genuflexión] y habitó entre nosotros.

El sábado pasado una persona cuyo poder de observación y honestidad son incuestionables fue a confesarse a la mayor iglesia de una ciudad provincial. La absolución fue dada del siguiente modo: “Dios te conceda el perdón y la paz.” Esto de un sacerdote “conservador” que no hacía cosas como ésta ni hace un año—profesando una frase que niega el ministerio del sacerdocio en el mismo acto de su ejercicio. El penitente reparó enseguida en la iglesia más cercana para descubrir que su interior había sido redecorado como un templo babilónico con fuentes que caían (literalmente) como cascada sobre rocas, hojas talladas y un confesionario con paredes de vidrio, dentro del cual una mujer agitada de rodillas lloraba y gesticulaba salvajemente hacia una pantalla modernista detrás de la cual se escondía un sacerdote (presumiblemente), mientras aquellos en la cola observaban solemnemente sin pestañar.

La pseudo-iglesia, impuesta sobre la verdadera subsistente desde el Concilio Vaticano, es como ese confesionario de vidrio. Cualquiera puede ver—y cualquiera lo hace—lo que sea que es, pero no es la Iglesia de nuestros Padres.

Los buenos sacerdotes y religiosos (que sólo escuchan sus propias Misas) con frecuencia dicen: “incluso si, y especialmente si, recibo una orden injusta, obedeceré. Si recibiera la orden, como fue el caso del arzobispo Lefebvre, de cesar mi ministerio episcopal y presbiteral, ganaré en gracia por este arduo ejercicio de humildad”. Con respecto a tal profesión de piedad supersticiosa, he escuchado a un padre angustiado decir: “¡los sacerdotes no tienen hijos!” Los buenos sacerdotes, y especialmente los religiosos refugiados en la dulce serenidad de los muros de sus monasterios, simplemente no saben lo que está sucediendo realmente. ¿O no quieren saber? Tras una década de excusas, dicen: “si Roma supiera”. ¡Roma sabe! La Fe está siendo aplastada desde arriba por la jerarquía que impone sus propias invenciones al pueblo, en nombre del pueblo, como hacen los tiranos. La persona del Papa está rodeada de una reverencia monárquica, una suerte de halo alucinatorio del tipo del que alentaban los cortesanos isabelinos, contra la horrenda evidencia, diciendo que la belleza de la Buena Reina Isabel superaba la de las estrellas. Ciertamente, en el curso normal de los eventos, uno no debería criticar a sus superiores. Existe una gracia especial acerca de un Papa. ¿Pero frente a los icebergs? ¿Con el cuidado de los hijos y de sus hijos sobre nuestras cabezas? No estamos hablando de criticones y llorones, sino de gente ordinaria llevando vidas ordinarias sin los cuales la buena doctrina y los sacramentos morirán.

Uno piensa en Lycidas de Milton: “Las ovejas hambrientas lo miran y no tienen alimento…”

Hablando del doble oficio del obispo—Episcopus (supervisar) y Pastor (“apacienta mis ovejas”)—el poeta exclama:

¡Bocas ciegas! Que casi no saben ellas mismas cómo usar
El cayado y que ni siquiera han aprendido el mínimo
De lo que pertenece al arte del fiel pastor.
¿Qué les importa? ¿Qué necesitan? Están satisfechos;
Y cuando tienen ganas, chirrean sus magras y ostentosas canciones
En sus flacas flautas de triste paja;
Las ovejas hambrientas lo miran y no tienen alimento,
Sino que se hinchan con viento y atraen el fétido vaho,
Se pudren sus interiores y esparcen el contagio inmundo;
Además de lo que el sombrío lobo con secreta garra devora a prisa
Diariamente, sin que nada se diga.
Pero esa máquina de dos manos en la puerta
Se yergue lista para golpear sólo una vez y nunca más golpear.

Los académicos discuten sobre el preciso significado de esa “máquina de dos manos en la puerta”, aunque el significado general está claro. Muchos creen que se trata de la espada de dos manos del Apocalipsis cuando Cristo mismo venga a poner las cosas en orden.

Los sacerdotes sí tienen hijos—és es el punto.

“Al que escandalizase a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar.”

¿Cómo pueden los buenos sacerdotes no alimentar a sus ovejas? ¿Qué prohibición o, incluso, excomunión puede levantarse contra millones de lenguas extendidas para recibir al Autor de su existencia y salvación? Oh, pueden encontrar un modo. Conduce cientos de kilómetros para encontrar una Misa católica; o aguarda como los cristianos en Japón entre la interdicción de la Iglesia y ¡el arribo del almirante Perry! No es cierto. No es cierto de modo ordinario. Algunos pueden hacer estas cosas. Puñados se arremolinan alrededor de un resto de Buenos sacerdotes que ofrecen los sacramentos en su integral sustancia y belleza; pero Dios debe enviarnos obispos que tengan el coraje de ordenar miles.

En las capillas de la Sociedad de San Pío X (y muchas otras no afiliadas con ella) la doctrina, los sacramentos y la cultura de la tradición católica se mantienen. Tomemos dos fotografías: Miren ésta y miren la Iglesia del Novus Ordo. Es Hiperión y un sátiro. Ir de los confesionarios de vidrio al más pobre e improvisado cobertizo bajo el cual es dicha la gran Misa vieja, es como atravesar por fuego y agua hasta un lugar de refugio.

Transivimus per ignem et aquam, et eduxisti nos in refrigerium.

No hay argumento posible. Probad y ved.

Alguna vez hubo una única Iglesia con dos Papas contendientes. Hoy tenemos un único Papa con dos Iglesias contendientes—una única que es real. Mientras tanto, la oveja hambrienta demanda alimento y alguien, en pía “desobediencia”, debe llevárselo, a pesar de órdenes y sanciones inválidas.

En circunstancias particulares variadas alrededor del mundo, hombres de buena voluntad tendrán que hacer juicios prudenciales diferentes y llegar a conclusiones prácticas diferentes, mientras aún acuerden en los principios, encontrando diferentes formas de unirse para combatir a un enemigo común. Es posible que incluso haya santos a ambos lados de esta disputa—como Catalina de Siena y Vicente Ferrer durante el exilio de Aviñón—y millones de inferiores, como nosotros, que deben elegir ahora. Dios nos ayude; podemos equivocarnos. Algunos ven el peligro pero no un peligro claro e inminente, ven hechos probables pero no evidentes y posibles alternativas (¿para quién? ¿para cuántos?)—no pueden ver la verdad (creo) porque no pueden ver directamente a ese muro de hielo que Jean Madiran llama apostasía inminente—tal vez no hielo, sino Moby Dick, la ballena blanca y salvaje del Anticristo.

Mientras tanto (que se ha convertido en mi frase favorita; no será mucho tiempo para algunos de nosotros), Dios nos haga amarnos los unos a los otros en el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María que ha llegado para confortarnos en estos oscuros días como Enoch y Elías, aquellos “dos olivos que están delante del Señor de la tierra”. Mientras tanto la Iglesia toda espera, como una una mujer agitada llorando en un confesionario de vidrio, confesándose a un sacerdote que está a punto de darle una absolución inválida.

Por supuesto que hay una cuestión legal. El hombre de la calle no es un abogado y ciertamente no es un juez. Sólo un Papa puede juzgar a un Papa; si uno se equivoca, otro posterior debe poner las cosas en orden como Félix hizo con Liberio en el asunto de San Atanasio, o como San Jerónimo remarca en su comentario a Mateo 14:

Entonces mientras el Señor permanecía en la cima, de repente se levantó un viento contrario, el mar se arremolinó y los apóstoles estaban en peligro; y el naufragio era inminente, hasta que vino Jesús. Y en la cuarta vigilia nocturna vino a ellos caminando sobre el mar. Las guardias militares y las vigilias se dividen en períodos de tres horas cada una. Por lo tanto, cuando dice, que el Señor vino a ellos en la cuarta vigilia de la noche, nos muestra que ellos deben haber estado en peligro toda la noche; y fue recién al final de la noche, como será en el fin del mundo, que traerá su propia ayuda.


Traducido de: http://remnantnewspaper.com/web/index.php/articles/item/2557-recalling-why-they-resisted-dr-john-senior-s-classic-the-glass-confessional

Sobre el libro: http://remnantnewspaper.com/web/index.php/books/the-remnants-the-final-essays-of-john-senior-detail

En español acaba de salir del mismo autor La Restauración de la Cultura Cristiana, con prefacio de Andrew Senior, traducción del Dr. Rubén Peretó Rivas, prólogo de Dom Philip Anderson OSB y presentación de Natalia Sanmartín Fenollera. Informes y compras: http://vorticelibros.blogspot.com.ar/2016/05/john-senior-y-la-restauracion-posible.html ó http://www.vorticelibros.com.ar/libro.php?id=137

 

lunes, 30 de mayo de 2016

¿Resistencia a la autoridad?

Se ha dicho que toda discusión que se prolongue lo suficiente termina en semántica. Lo cierto es que, bromas aparte, algo de verdad contiene la frase.
A raíz de algunos comentarios a una entrada anterior y a la insistencia de un amigo de nuestra bitácora, aprovechamos ahora para hacer algunas precisiones, que no hicimos antes por parecernos que a buen entendedor pocas palabras bastan...
En teoría política se ha hecho usual la distinción entre poder y autoridad. Si bien el poder puede hallar sustento en la autoridad de quien lo posee y ejercita, se sostiene que ambas nociones no son sinónimas. Para Bertrand de Jouvenel autoridad es el reconocimiento de la aptitud de mandar de un hombre o grupo, por parte de quienes conforman el otro término de la relación de mando y obediencia. Tiene autoridad quien consigue acatamiento sin necesidad de recurrir a la coacción. La autoridad atrae el consentimiento del otro, sirve de fundamento al poder e implica el reconocimiento de los gobernados de la idoneidad y virtud de quien manda. El poder no es estable ni se conserva sin la sólida base de la autoridad; la sola fuerza no logra mantener pacíficamente la relación mando-obediencia. En este planteamiento -de modo coherente con el liberalismo clásico- se resalta que mediante la autoridad el poder debe proteger y promover los derechos individuales.
La naturaleza peculiar de la Iglesia no permite adoptar fácilmente nociones políticas profanas, como la precedente distinción entre autoridad y poder. La aplicación sería posible, si se precisara el significado de los términos, pero prestando mucha atención a las diferencias que median entre la sociedad eclesiástica y la política. La analogía malentendida conduciría a fórmulas de dudosa ortodoxia, o abiertamente contrarias al derecho divino ("Iglesia carnal" e "Iglesia espiritual, de los fraticellos; "Iglesia de la caridad" e "Iglesia del Derecho"; "Iglesia carismática" e "Iglesia jerárquica", etc.). Porque en la Iglesia la autoridad-potestad proviene del derecho divino positivo y también este determina la forma de gobierno. Es un error condenado negar obediencia a la jerarquía eclesiástica pretextando su falta de idoneidad y virtud, es decir, carencia de autoridad en el sentido indicado en el párrafo anterior.
En una entrada hablamos de resistencia a la autoridad eclesiástica. La autoridad es un elemento esencial y definitorio de la Iglesia; así, v.gr. Palmieri, la define como "reino de Dios sobre la tierra, gobernado por la autoridad apostólica". En la Iglesia, auctoritas puede designar tanto al sujeto titular de un poder como ese poder o potestad. Al menos desde el Syllabus, es frecuente el uso de autoridad y potestad como sinónimos. En cuanto a nuestra entrada, lo que designamos como resistencia a la autoridad, dicho ahora en términos canónicos más precisos, es el acto en virtud del cual un católico –laico o clérigo- se niega a obedecer un mandato dictado en ejercicio de la potestad de régimen, llamada también de gobierno o jurisdicción. En la Iglesia, la potestad de régimen fue comunicada por Cristo a los Apóstoles, para que la desempeñen en su nombre. Dado que la Iglesia es por voluntad divina una sociedad jerárquica, los titulares de esta potestad (=autoridades) son los integrantes de la Jerarquía eclesiástica.
En el incidente de Antioquia (Gál., II, 11-16) San Pablo resiste cara a cara a San Pedro. No pone en tela de juicio su condición de sujeto titular de la autoridad, ni su Primado, sino determinados actos concretos de ejercicio de su autoridad primacial. A partir de este incidente, hay una tradición eclesial de resistencia, que si reúne ciertas condiciones estrictas, es una conducta legítima y muchas veces debida. Porque el objeto formal de la obediencia, según Santo Tomás, es el mandato, pero éste no puede ser aceptado de una manera ciega e irracional. Un ejemplo muy claro lo tenemos en el mandato de Alejandro VI a su concubina de retornar al lecho bajo amenaza de excomunión. Si en la conducta imperada por la autoridad se ve una inmoralidad intrínseca y manifiesta se debe resistir, no ejecutando lo mandado. En cambio, si la conducta imperada no es mala, hay que obedecerla, sin que sea excusa válida la distinción política entre autoridad y poder.

viernes, 27 de mayo de 2016

¿Dialogar con napoleones?

Ayer decía un amigo que dialogar con quien se cree Napoleón es una pérdida de tiempo, a menos que uno tenga por profesión ocuparse de la salud mental del interlocutor. Y esto es verdad, pero no todos los napoleones del mundo están bajo tratamiento; algunos ponen mucho empeño en difundir sus disparates bajo la cobertura de un discurso “ortodoxo”. En atención a sus potenciales víctimas, algo podemos hacer desde nuestra bitácora.
Hemos comentado otras veces sobre la ley del péndulo: por combatir un error se cae en otro de signo opuesto. Así, por ejemplo, por combatir el subjetivismo puede caerse en un objetivismo mecanicista que suprime la función de la conciencia.
Para explicar mejor este tema podemos partir de un ejemplo (tomado de Santo Tomás, con algunas modificaciones menores):
Ticio no cree en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Se encuentra ante el Santísimo Sacramento expuesto y otras personas lo invitan a realizar un acto de adoración. Ticio comienza a preguntarse si puede hacerlo, porque no cree que Dios esté presente bajo las especies sacramentales.
Alguno podría argumentar que es un dogma de fe propuesto por la autoridad infalible de la Iglesia que Cristo está presente en la Eucaristía; que la adoración es un acto objetivamente bueno; por tanto, Ticio debe creer y adorar... Y que darle más vueltas al asunto sería un planteamiento subjetivista, liberal, etc.
Pero Santo Tomás pensaba de otro modo: quien por error invencible no cree, peca creyendo y adorando. Mientras subjetiva e invenciblemente considere que su conciencia es verdadera, no puede obrar en contra. Si el dictamen de su conciencia le prohíbe creer y adorar, no debe hacerlo (cfr. S. Th., I-II, 19, 5; I-II, 19, 6; De veritate, 17, 4).
Todo esto es claro en el plano de la relación de Ticio con Dios. La cuestión puede complicarse cuando Ticio entra en relación con los demás seres humanos Porque el hombre es un ser social por naturaleza y el cristiano es un ser eclesial. Muchas veces su conducta externa tiene proyección sobre otros. Y en tales casos la autoridad, sea política o eclesial, tiene derecho a prevenir e incluso sancionar el daño social que causa la proyección externa de un error religioso. Aunque también puede tolerarla, para evitar males mayores.
En fin, todo esto se resume en una fórmula breve pero fecunda en sus consecuencias: la conciencia invenciblemente errónea excusa ante Dios pero no ante los hombres.

lunes, 23 de mayo de 2016

Derecho penal, caridad y sensiblería


«La concepción cristiana está ligada a este criterio de justicia. Un Derecho penal que no respete las exigencias de la justicia no puede ser un Derecho penal cristiano. La caridad no debe desterrarse de la esfera de las leyes penales, pero no es criterio que pueda sustituir a la justicia como fundamento de las leyes mismas. Nada más anticristiano que esa actitud corrosiva respecto de las fundamentales exigencias de justicia del Derecho penal, que esa que en nombre de una caridad o de una misericordia invocada fuera de lugar, querría dar las bases racionales para anclar el Derecho penal en el lábil terreno del sentimiento. Caridad y misericordia deben manifestarse en el respeto de la ley y de la justicia, nunca sustituirla para minar las bases del fundamentó racional de la pena. Que tenga que reconocérseles amplia cabida en la concepción penal, es afirmación que no puede ser puesta en duda, salvas las fundamentales exigencias de justicia. Hoy se habla mucho de la necesidad de "humanizar" el Derecho penal, mas tal humanización sólo puede entenderse en el cuadro de una concepción de justicia, que es la única que salva el valor moral del individuo de todo arbitrio, sea en su contra, como también en su favor. La justicia es rota, y el orden violado, no sólo en los casos en que se hace pagar al individuo más de lo que en concreto merece, sino también en la hipótesis en que se le haga pagar menos o se le condone completamente la deuda, cuando esto es contrario a una fundamental exigencia social. El Derecho penal es relación entre exigencias sociales, por un lado, y exigencias individuales, por el otro, no entre individuo e individuo. No hay que olvidar que el delito es tal sólo en cuanto viola el orden social, por lo que el Estado, que es su garante, tiene la obligación de intervenir con una disposición de justicia. Sólo cuando esto haya sido realizado, caridad y misericordia pueden cumplir su obra salutífera y benéfica.»

Tomado de:

Bettiol. G. El problema penal. Bs. As. (1995), pp. 82-83.

lunes, 16 de mayo de 2016

Semina Verbi, sin pelos en la lengua

Se ha convertido en un lugar común suponer que en las religiones no cristianas están presentes algunas semina Verbi (=semillas de la Palabra), o que constituyen una especie de praeparatio evangélica (=preparación para el Evangelio). En el origen de esta creencia está la enseñanza del Concilio Vaticano II. El Decreto sobre la actividad misionera afirma:
“[Los cristianos] estén familiarizados con sus [=de los no-cristianos] tradiciones nacionales y religiosas, descubran con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en ellas laten” (Ad gentes, n. 11; cf Lumen gentium, n. 17).
En la Constitución dogmática sobre la Iglesia se afirma:
“Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio […] y otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida” (Lumen gentium, n. 16; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 843).
La Declaración sobre las religiones no cristianas, para expresar el mismo concepto, utiliza la imagen del haz de luz:
 “La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (Nostra aetate, n. 2).
Después del Concilio, las metáforas de las semina verbi y de la praeparatio evangélica fueron retomadas por los Sumos Pontífices. Pablo VI, en la Exhortación apostólica sobre la evangelización, dice:
“[Las religiones no-cristianas] están llenas de innumerables ´semillas del Verbo´ [74] y constituyen una auténtica ´preparación evangélica´ [75], por citar una feliz expresión del Concilio Vaticano II tomada de Eusebio de Cesarea”  (Evangelii nuntiandi, n. 53).
Por su parte, Juan Pablo II, en su primera Encíclica, escribe:
“Justamente los Padres de la Iglesia veían en las distintas religiones como otros tantos reflejos de una única verdad ´como gérmenes del Verbo´,[67] los cuales testimonian que, aunque por diversos caminos, está dirigida sin embargo en una única dirección la más profunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda de Dios y al mismo tiempo en la búsqueda, mediante la tensión hacia Dios, de la plena dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana” (Redemptor hominis, n. 11).
Por lo tanto, parecería que nos encontramos con una doctrina bien establecida, profundamente enraizada en la tradición, ya que las expresiones utilizadas son de origen patrístico. La imagen las semina Verbi es de San Justino y Clemente de Alejandría; el concepto de praeparatio evangélica, en cambio, como Pablo VI nos ha recordado, se encuentra en Eusebio de Cesarea. Todo esto es cierto. El problema es: ¿estamos seguros de que los Santos Padres, con tales expresiones, que se referían a las religiones no cristianas (que en ese momento se identificaban con la religión pagana)? Hago responder a esta pregunta a uno de los principales patrólogos del siglo XX, Berthold Altaner (Patrología, Marietti, 7ª ed., 1977). Acerca de Justino, que habla de las “semillas del Verbo" en sus Apologías, escribe:
“Con su teoría del λόγος σπερματικός [logos spermatikos], Justino echa un puente  entre la antigua filosofía y el cristianismo. El Logos divino apareció  en Cristo en toda su plenitud; sin embargo, todo hombre lleva en su  razón un germen (σπέρμα) del Logos. Esta participación del Logos, y consiguientemente la disposición para conocer la verdad, en algunos  sabios fué particularmente grande; así, por ejemplo, los profetas del  judaísmo, y entre los griegos, Heráclito y Sócrates. Opina Justino que  muchos elementos de la verdad pasaron de la antigua literatura judaica a los poetas y filósofos griegos, ya que Moisés fué el más antiguo de  los escritores. Por consiguiente, los filósofos que ajustaron su vida y enseñanza a los dictámenes de la razón fueron, en cierto sentido, cristianos antes de la venida de Cristo. Pero sólo después de esta venida  los cristianos entraron en poder de la verdad total, segura y exenta  de todo error (I Apol. 46; II Apol. 8, 13). El pensamiento teológico  de San Justino está grandemente influido por la filosofía estoica y  platónica” (pp. 70-71).
En cuanto a Eusebio, que compuso una obra titulada Praeparatio evangelica, Altaner escribe:
La Praeparatio evangélica αγγελικ προπαρασκευή), en 15 libros, tiene por fin demostrar que los cristianos han tenido razón al preferir el judaísmo  al paganismo. La ´filosofía de los hebreos´ es superior a la cosmogonía y mitología de los paganos. Además, los sabios del paganismo, en especial Platón, han tomado su doctrina del Antiguo Testamento” (p. 223).
Como se puede ver, los Santos Padres no encuentran ninguna "semilla de la Palabra" en la religión pagana, ni la consideran una "preparación del Evangelio". Estas imágenes son aplicadas por ellos no a la religión, sino a la cultura de la época, en especial a la filosofía y la poesía, que, según ellos, se acercaron a Moisés. Los primeros cristianos nunca aprobaron todos los elementos de la religión pagana, mientras no tuvieron escrúpulos para tomar incluso categorías helenismo para expresar su fe. La preocupación de los cristianos de los primeros siglos no fue el diálogo entre religiones, sino la inculturación del Evangelio.
Una confirmación de esto, que fue la actitud de la Iglesia de todos los tiempos hasta el Vaticano II, se encuentra en el padre Matteo Ricci (1552-1610). Por lo general, el misionero jesuita, se propone como un precursor del diálogo interreligioso, dada su simpatía hacia el confucianismo. Pero no se tiene en cuenta que tal simpatía surgió precisamente de la “conciencia de que no había ningún elemento en el confucianismo que pudiera sugerir una religión... el confucianismo, lejos de presentar la misma forma de una religión, perseguía el objetivo de dar una justa y recta administración del gobierno del país "(Franco Di Giorgio). Por el contrario, el padre Ricci no tuvo escrúpulos en criticar el taoísmo y el budismo, que consideraba incompatibles con el cristianismo.
Aquí cabe preguntarse si, en este punto, el Concilio no representa una ruptura con la tradición, más que una evolución legítima. No me corresponde responder a esta pregunta, que también constituye un problema de suma importancia. La única cosa que puedo afirmar es que no parece correcto decir, como Juan Pablo II en la Encíclica Redemptor Hominis que "justamente los Padres de la Iglesia veían en las distintas religiones como otros tantos reflejos de una única verdad ´como gérmenes del Verbo´”. Un Papa tiene toda la autoridad para interpretar la Revelación, pero no para autoridad para distorsionar la historia.

 Tomado y traducido de:

viernes, 13 de mayo de 2016

¿Lefebvrismo liberal?

El p. Pierpaolo-Maria Petrucci es un sacerdote de la FSSPX que ha publicado un artículo sobre la moral del voto (aquí). También los distritos de EE. UU. y Canadá de la Fraternidad se han ocupado del tema (teniendo en cuenta la doctrina del mal menor).
En general, los artículos breves de sacerdotes de la Fraternidad se caracterizan por su finalidad de divulgación, hablar claro y exponer doctrina segura. Casi siempre se apoyan en el magisterio eclesiástico hasta Pío XII complementado con la teología pre-conciliar formulada en manuales clásicos.
Traducimos unos fragmentos del artículo del p. Petrucci, entre comillas, y agregamos comentarios nuestros:
 [1] “Aunque ha condenado muchas veces los principios revolucionarios nacidos el siglo de las Luces, la Iglesia no considera que los medios ofrecidos por las constituciones modernas para designar un gobierno, singularmente el voto, sean malos en sí mismos. [2] Además, es falso decir que el cristiano que acepta utilizar estos medios aprueba implícitamente los principios erróneos”.
[1] Malo en sí mismo, malum in se, expresión escolástica equivalente a intrínsecamente malo.
[2] Votar bajo la vigencia de los principios erróneos del liberalismo, como la soberanía popular, una constitución liberal, etc., no implica aprobarlos de modo expreso ni tácito. Porque objetivamente el acto no significa tal cosa.
[3] “Votar por alguien no significa forzosamente estar de acuerdo con todas sus ideas sino ver concretamente, que, en el estado actual de cosas, esta persona puede defender mejor la ley natural, inspirarse más en la doctrina social de la Iglesia.”
[3] Supone la clásica distinción entre cooperación formal y material. El acto de votar se ordena de suyo a la elección del titular de un oficio público, no a convalidar todo el pensamiento de un candidato. La finalidad honesta que debe buscar un cristiano que vota es el bien común.
[4] “Cuando la elección se presenta entre varios candidatos, pienso que la prudencia debería empujarnos a elegir a quien objetivamente tiene más posibilidades de tener una influencia sobre la vida social”.
[5] “No olvidemos que la política es el arte de lo posible. Y, sin contentarnos con llorar en  un rincón los males de nuestra época, sepamos utilizar todos los medios lícitos que la Providencia nos da para el triunfo del bien”.
[4] Es el problema que se plantea cuando hay un candidato que da plenas garantías de defender la ley natural y la doctrina social de la Iglesia, pero que tiene muy pocas posibilidades de ser elegido. Prudencialmente, el p. Petrucci parece aconsejar la elección del menos malo con mayores posibilidades de acceder al cargo. Le preguntamos por correo electrónico y nos respondió que lo considera como una opción legítima mediando causa proporcionada, aunque no obligatoria en conciencia.
[5] Confronta críticamente la actitud ilusoria de esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno.
¿Qué decir de estos artículos de miembros de la FSSPX? ¿Cómo explicar que integrantes de la sanior pars de la Iglesia nieguen intrínseca maldad a todo y cada acto de votar con las características que hoy tiene? ¿Acaso estos artículos son expresión de un lefebvrismo liberal? Preguntas retóricas y de obvia respuesta, para nosotros.

martes, 10 de mayo de 2016

De matrimonio


SEMINARIO «JUAN VALLET DE GOYTISOLO»:
El problema filosófico-jurídico fundamental del matrimonio. A propósito del libro «De matrimonio».
El miércoles 11 de mayo de 2016 (D.m.), a las 18:30 horas, tendrá lugar en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación un seminario de discusión en torno al libro DE MATRIMONIO (
Marcial Pons Librero, Madrid, 2015), organizado con la colaboración del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II (Madrid), la Unión Internacional de Juristas Católicos (Ciudad del Vaticano) y el Grupo Sectorial en Ciencias Políticas de la Federación Internacional de Universidades Católicas (París).
Bajo el título «El problema filosófico-jurídico fundamental del matrimonio», intervendrán en el seminario –que lleva el nombre de su fundador Juan Vallet de Goytisolo– los profesores Julio Alvear (Universidad del Desarrollo de Santiago de Chile), Joaquín Almoguera (Universidad Autónoma de Madrid), Miguel Ayuso (Universidad Pontificia Comillas de Madrid), Danilo Castellano (Universidad de Údine), Consuelo Martínez-Sicluna (Universidad Complutense de Madrid), Juan Fernando Segovia (Universidad de Mendoza).
Miércoles, 11 de mayo de 2016
18:30 horas
C/. Marqués de Cubas, 13. (Metro Banco de España). 28014 Madrid

domingo, 8 de mayo de 2016

Casuística y casos

La ética es la ciencia que trata de la conducta del hombre con vistas a la consecución de su último fin. Es una ciencia, no un conjunto de opiniones o creencias. Es una ciencia práctica, normativa, del hombre, basada en la antropología y que por ello tiene también una vertiente social, que se interrelaciona con todas las ciencias sociales.
Un caso es la descripción de una situación real que suele implicar habitualmente un reto, decisión o problema. Es una descripción compleja de lo real -al menos en sus elementos centrales-, enfocada desde el punto de vista del sujeto que debe decidir. Un buen caso cuenta una historia, se centra en un problema que despierta el interés del lector, permite el desarrollo de cierta empatía con los sujetos principales del caso y requiere en último término la resolución de un problema.
Sobre la utilidad didáctica de la resolución de casos se ha escrito muchísimo y no tenemos nada original para agregar. Pero en esta entrada queremos salir al cruce de una falacia bastante frecuente, que consiste en confundir la resolución de casos, procedimiento legítimo y muy útil para testear empíricamente unos principios éticos; de la casuística, que fue un desarrollo anómalo de la ciencia moral, que llegó a oscurecer los grandes principios y reducir la vida moral a un cúmulo de preceptos particulares desvinculados de las virtudes.
¿Cómo describir la casuística para diferenciarla de la resolución de casos? He aquí una caracterización de Requena:
1. El primer paso de la casuística está siempre constituido por la formación de una taxonomía, como sistema en el que los casos están organizados siguiendo el criterio de la analogía. Generalmente, en los textos de los famosos casuistas esta sistematización se establece alrededor de los Diez Mandamientos o de los pecados capitales. Cada capítulo comienza con la definición de los términos empleados (por ejemplo, la definición de homicidio al considerar el quinto mandamiento, o de mentira al considerar el octavo). Para ello se recurre a las utilizadas por autores clásicos, como Cicerón, San Agustín y Santo Tomás. Después se presenta un caso concreto en el que la valoración moral resulta evidente, generalmente por suponer una clara trasgresión del precepto que se considera. Este caso pasa a ser paradigmático, y servirá de modelo para estudiar, por analogía, aquellos otros que no resultan tan claros. 
2. Las máximas son aquellos aforismos o dichos clásicos, más específicos que los principios generales e incuestionables de la moral, que se utilizan para fundamentar la argumentación del caso. Muchos proceden de la Ley Romana, y fueron después asumidos por en los cánones de la Iglesia. Normalmente no requieren justificación alguna, y son «generales, pero no universales o invariables».
3. Lo que hace que la valoración moral en algunos casos no resulte tan clara como en los paradigmáticos son las circunstancias, y por ello han de ser consideradas con gran atención. Los casuistas dicen que las circunstancias hacen el caso.
4. Los distintos casos se clasifican según la probabilidad de sus conclusiones (cierta, poco probable, altamente probable, etc.). La probabilidad depende tanto de los argumentos utilizados, como de la autoridad de los autores presentados a favor de una u otra conclusión.
5. La justificación de una u otra conclusión no está tanto en la lógica de su argumentación, sino en lo que denominan la acumulación de argumentos. Un ejemplo de ello son los libros penitenciales, donde junto a los diferentes pecados se establece una penitencia, que no se justifica generalmente con el recurso a la Sagrada Escritura o a los Padres de la Iglesia, sino en referencia a la cantidad de argumentos y autores avalan esa penitencia.
6. A la resolución del caso se llega con la propuesta de una conclusión, que consiste en un consejo sobre la licitud y permisividad moral de una determinada actuación, teniendo en cuenta sus circunstancias particulares. En muchos casos no se trata de una conclusión cierta, sino probable, puesto que la complejidad de la vida moral impide un rigor similar al de las ciencias exactas.
Después de presentar estos elementos, se puede definir la casuística como «el análisis de los asuntos morales, usando procedimientos de razonamiento basados en los paradigmas y la analogía, que lleva a la formulación de opiniones expertas sobre la existencia y severidad de obligaciones morales particulares, estructurados en términos de reglas o máximas que son generales pero no universales ni invariables, porque rigen con certeza sólo en la condición típica del agente y las circunstancias de la acción».
Ahora bien, cuando se plantea un caso para su resolución, en orden a probar empíricamente la recta formulación de los principios, es una falacia acusar de casuismo o de casuística. En el fondo, esto es aprovecharse de la similitud de las palabras para desviar la atención de un punto doliente respecto del cual no se está dispuesto a dialogar racionalmente. Lo cual es contrario a la actitud científica, que en una ciencia práctica debe testear sus principios mediante la resolución de casos, so pena de quedar congelada en un limbo de abstracciones esencialistas.

martes, 3 de mayo de 2016

Pecadores públicos: la falacia del fuero interno

A raíz de las polémicas suscitadas en torno al acceso a la Comunión de los divorciados unidos por matrimonio civil se ha hablado de los pecadores públicos. Aunque el lenguaje eclesial se ha diluido bastante, la sustancia de la disciplina al respecto se mantiene (CIC 1983, c. 915; c. 987; c. 1007; c. 1184 &1, 3º).
La conducta que constituye en pecador público es:
a)   Externa. Se percibe por los sentidos. Pueden ser palabras, gestos, actitudes positivas y también la omisión de algo obligatorio (v.gr., la misa dominical).
b)     Pública. Manifiesta para los integrantes de la comunidad.
c)  Grave. Se trata de una inmoralidad objetiva, material (al menos), obstinada en lo externo. 
Es frecuente en esta materia apelar al denominado fuero interno, recordando que la Iglesia no juzga de lo interior y que nosotros no podemos juzgar en ese ámbito; y también remitirse al estado de la conciencia de los sujetos que realizan determinadas conductas. Lo cual es verdad, pero cuando se lo extrapola al fuero externo, se siguen falacias.
En primer lugar, se debe recordar que hay un canon que prohíbe a los pecadores públicos el acceso a la Comunión describiéndolos como los “que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave”. Sobre el alcance de esta norma, se han dado precisiones oficiales. Y la doctrina que comenta el canon ha precisado que un pecado es “manifiesto” cuando esto es claro y definido, sin posibles dudas, y cuanto menos “en sí” es público, esto es, puede ser probado en el fuero externo. El ministro no debe juzgar de la responsabilidad ante Dios por el hecho, ya que este juicio nunca puede ser dado por un hombre de manera segura y definitiva: "...no da ningún juicio sobre el fuero interno, sino que deja la responsabilidad de la culpa fuera de consideración. Él decide en el fuero externo que alguien no puede ser admitido a la sagrada Comunión. En el canon 915 se trata por consiguiente de un pecado material: esto significa una acción que objetivamente es mala y también grave…” (ver aquí).
En segundo lugar, la situación de pecador público es infamante. Por esto el ministro puede denegarle la Comunión a quien se encuentra comprendido en tal situación sin difamarlo. Porque la situación objetiva es notoria en la comunidad y no se causa infamia a quien pide el sacramento en tales circunstancias.
Conviene advertir, por último, que la noción de pecador público no sólo es aplicable al supuesto de los adúlteros. Se ha aplicado también en el ámbito político (ver aquí). Toda vez que se hace un juicio moral objetivo sobre conductas externas, públicas, en materia grave, de nada vale decir luego que no se juzga de lo interior, ni sobre la conciencia, para eludir la responsabilidad que corresponde a quien juzga; porque la conclusión que lógicamente se sigue es que los sujetos de tales conductas, si son católicos, deben considerarse como pecadores públicos, con las consecuencias que esto tiene en materia sacramental y el consiguiente efecto infamante. No se puede levantar un monumento a los principios y un cadalso a las conclusiones.

P.s.: la foto que ilustra esta entrada es de una política argentina que se dedica de modo sistemático a lanzar anatemas morales contra individuos y grupos a los cuales imputa la condición de pecadores públicos aunque sin usar la fórmula técnica. Tiene un discurso "moralizante" que supone una concepción de la acción humana en la cual la complicidad con el mal ajeno se da de modo mágico, casi se diría que por contagio u ósmosis. 

sábado, 30 de abril de 2016

San Pío X y los integristas españoles (y 2)


8. En los casos prácticos, o con esta unión per modum actus o sin ella, todos debemos cooperar al bien común y a la defensa de la Religión; «en las elecciones, apoyando no solamente nuestros candidatos siempre que sea posible vistas las condiciones del tiempo, región y circunstancias, sino aun a todos demás que se presenten con garantías para la Religión y la Patria», teniendo siempre a la vista el que salgan elegidas el mayor número posible de personas dignas, donde se pueda, sea cual fuere su procedencia, combinando generosamente nuestras fuerzas con las de otros partidos y de toda suerte de personas para este nobilísimo fin. «Donde esto no es posible, nos uniremos con prudente gradación con todos los que voten por los menos indignos», exigiéndoles las mayores garantías posibles para promover el bien y evitar el mal. Abstenernos no conviene, ni es cosa laudable, y, salvo tal vez algún rarísimo caso de esfuerzos totalmente inútiles, se traduce por sus fatales efectos en una casi traición a la Religión y a la Patria. Este mismo sistema seguiremos en las Cortes, en las Diputaciones y en los Municipios en los demás actos de la vida pública. «Nuestra política será de penetración, de saneamiento», «de sumar voluntades, no de restar y mermar fuerzas», «vengan de donde vinieren». Cuando las circunstancias nos lleven a votar por candidatos menos dignos, o entre indignos por los menos indignos, o por enmiendas que disminuyan el efecto de las leyes, cuya exclusión no podemos lograr ni esperar, una leal y prudente explicación de nuestro voto justificará nuestra intervención. En las cosas dudosas que directa o indirectamente se refieren a asuntos religiosos, consultaremos nuestras dudas con los Prelados.
Se aplica aquí el primer principio de la moral política: todos deben cooperar al bien común. ¿Con qué medios? Se destaca en esta norma la participación en elecciones. ¿De qué manera? Buscando el mayor bien posible, razón por la cual se acude al tradicional principio de doble efecto (denominado a veces mal menor) en lo relativo al voto: elegir a los mejores posibles, a los menos dignos, a los menos indignos… Todo ello en una prudente gradación de posibilidades. Y ante las leyes inicuas se da una directiva de acción: cuando no se las pueda derogar por completo, se ha de procurar atenuar el daño social que provocan.
9. Sobre la censura de nuestros periódicos obedeceremos fielmente a cuanto prescribe la Encíclica Pascendi, «y si algún conflicto ocurriese, evitaremos toda publicidad y buscaremos el consuelo y remedio apelando únicamente a las autoridades eclesiásticas». 
La censura de periódicos ha perdido viabilidad en las circunstancias actuales. Lo cual no implica que hayan caducado los principios morales relativos a la difusión pública de los errores.
10. Nuestros ardientes votos son que en el gobierno del Estado renazcan las grandes instituciones de la tradicional Monarquía española, que tanta gloria dio a la Religión y a la Patria, y trabajaremos para la ascensión progresiva de nuestras leyes y modos de gobierno hacia aquel grandioso ideal; «pero no dejaremos de aprovechar todo lo bueno y honesto de nuestras costumbres y legislaciones, para mejorar la condición católica y social de nuestros gobernantes», «recordando que esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno es matar en su raíz toda esperanza del mismo ideal a que aspiramos».
En la segunda parte de esta norma se conjura una peligrosa ilusión con estos términos: esperar lo mejor sin aprovechar lo bueno. Es la trampa de buscar bien total (muchas veces imposible) con exclusión de bienes parciales o de reducción de males (lo cual es un bien, secundum quid). Tal sería la actitud de quien se negara, por ejemplo, a apoyar una propuesta de ley criminalizadora del aborto, allí donde este delito es impune, con la excusa de que la nueva ley no penalizaría todos los supuestos.
11. En cuanto a la defensa de la Religión y de los intereses religiosos, «en lo referente a la sumisión a los Poderes constituidos» y a la obediencia y sumisión incondicional a nuestras Prelados, queremos en todo atenernos a las enseñanzas de la Santa Sede, principalmente de Pío IX, León XIII y Pío X, y a las disposiciones del glorioso Episcopado español.