Ultra montes,
ultramontanos, los que están más allá de las montañas. El ultramontano no está
en
Es notable e inesperado el retorno
de este tipo de intelectual en las páginas de El desarrollo orgánico de la liturgia del benedictino Alcuino Reid,
un estudio importante y muy profundo sobre la historia del “Movimiento
litúrgico”, que durante un lustro intentó afrontar de diversas maneras el
problema de la "actuosa participatio" de los fieles en la liturgia,
hasta consignar los últimos frutos de un largo recorrido por los reformadores
post-conciliares. Editado en los EE.UU., con un prefacio laudatorio del
cardenal Joseph Ratzinger, el volumen ha sido recientemente publicado en italiano
por la editorial Cantagalli (Lo sviluppo
organico della liturgia, Siena 2013, pp. 432).
Reid, siguiendo de cerca la idea
de Newman de un "desarrollo doctrinal", aunque dominado por el desarrollo político e histórico, pone el principio firme de una evolución litúrgica orgánica: la "tradición litúrgica objetiva"; y
así supera los autores y las fases del “Movimiento litúrgico”. Interesante y
fecunda, incluso para un juicio sobre la actualidad, es la individuación
precisa y, en varias ocasiones, reiterada, de los dos enemigos principales de
la tradición litúrgica: el “arqueologismo” y la “pastoralidad” -los mismos
principios que Ratzinger define en el prólogo, con una expresión que es más que
una condena, los "unholy twins". De acuerdo con el esquema ya
elaborado por el liturgista y jesuita Joseph Jungmann, los dos "unholy
twins" son perfectamente idénticos, porque, si aquello que es primitivo es
necesariamente sencillo, lo que es sencillo se ajusta mejor a las necesidades
del hombre moderno y es eminentemente pastoral.
“Arqueologismo” y “pastoralidad”
necesitan, a su vez, de dos actores, la ciencia litúrgica que identifica con
certeza y método incuestionables lo que es antiguo, y la autoridad del Papa que,
en nombre de la antigüedad y de la “pastoralidad”, realiza la reforma. Reid,
que en varias ocasiones ha resaltado el peligro de convertir la “tradición
litúrgica objetiva” en una antigüedad producto del método científico, se ocupa también
del problema de la autoridad. De acuerdo con la regla católica de la evolución
homogénea, la autoridad, incluso la del Papa, no debería ser más que una instancia
declaratoria, incluso en un sentido evolutivo (de lo implícito a lo explícito),
del contenido objetivo de la
Tradición , aquí de una Tradición litúrgica indisolublemente ligada
a la Tradición
dogmática (lex orandi lex credendi).
En estas circunstancias, a la luz de los desarrollos posteriores, incluso funestos,
se manifiesta la ausencia de vínculos con la Tradición en la Encíclica Mediator
Dei de Pío XII, o sea, la posibilidad de que se pueda considerar
tradicional cualquier reforma litúrgica, solamente por el hecho de ser aprobada por
un Pontífice. Es en este punto que emerge la presencia en la Iglesia de los años
cincuenta y sesenta de una corriente que se aprovecha con cierta facilidad de la laguna
de la Mediator Dei y que Reid
define, de manera muy acertada, como "ultramontanista".
Si se quisiese trazar la
genealogía ideológica interna, y no sólo política, del “ultramontanismo” más
sobresaliente, deberíamos recurrir a los celosos jesuitas de Salamanca, magistralmente
evocados por Owen Chadwick en un capítulo del imperdible From Bossuet to Newman (University Press, Cambridge, 1957), los
cuales pretendieron extraer conclusiones dogmáticas ciertas, a partir de
premisas inciertas, cuando estás últimas fuesen tan sólo confirmadas
por la autoridad. Es evidente que de esta manera se sustituye la inmutabilidad
de la Tradición
por la intención de la autoridad. Después de unos pocos siglos, esta lectura “soberanista”
de la infalibilidad, que se entremezclaba con las categorías positivistas de
Derecho Público de los años 60 del siglo XIX, sería derrotada en el Vaticano I -junto
con las corrientes opuestas, anti-infallibilistas, capitaneadas por Dölinger- y reasumiría la esencia misma del ultramontanismo decimonónico, de acuerdo con su
concepto clásico. Tal lectura quizá podría justificarse históricamente -no en
el plano doctrinal- como último remedio ante el movimiento revolucionario,
socialista y liberal, surgido desde 1848. No es de extrañar que entre los
ultramontanos hubiera hombres como Donoso Cortés, el cardenal Manning, el padre
Guillermo Faber, el abate Migne, cuyo servicio a la Iglesia Católica
y a la mayor gloria de Dios no puede ser discutido en absoluto.
El “ultramontanismo” hodierno,
descrito por Reid en su etapa germinal, ya no pretende más hacer frente a la
revolución mundial con la fuerza irreducible y ocasionalista de una decisión
soberana que frena la revolución social sólo desde el momento en que no se
entrega a ella. La idea neo-ultramontanista para consolidar en un sistema unitario de reforma
a los “unholy twins” –hoy, evidentemente, más de dos– es la voluntad del obispo
de Roma, mientras que las mismas formas de la infalibilidad parecen diluirse en
la incertidumbre positivista de la unidad de mando, siguiendo a la revolución
mundial desde el momento en el cual la “pastoralidad” (uno de los “unholy
twins”) se ha convertido coherentemente en norma fundamental de los actos de la Iglesia. Un primer
resultado nefasto es la destrucción formal (a fuerza de decretos) del culto al
cual asiste cada católico. Así, el nuevo ultramontanismo se hace tanto más radicalmente
partidario de la autoridad del Papa, cuanto más se incrementa su poder,
transformándose en él, y erosionando los cimientos de la Tradición ; cuanto más abandona
"el recinto de Pedro", y del papado, para exponer así su debilidad. Se
podría decir que el nuevo ultramontano defiende sobre todo el poder del Papa, aunque
al precio de su autoridad.
Se asiste así a una obediencia que
de racional se hace ocasionalista, para convertirse, en última instancia, en
irracional: “Los tiempos han cambiado, ¡lo dijo el Papa!”. El hecho de que los
antiguos enemigos de la soberanía papal son hoy en día los ultramontanos más
consistentes, no es de extrañar, ya que el punto de inflexión pastoral del
Vaticano II vincula el ministerio de Pedro (no es su esencia íntima, por
supuesto) a la locomotora de la historia hegeliana, la economía y el progreso
humano. Menos obvia aparece la posición de los conservadores de hoy, cuyo papel
en Italia es notoriamente representado por Massimo Introvigne, don Piero
Cantoni, p. Giovanni Cavalcoli, Andrea Tornielli y el gran coro de “Comunión y
liberación”. Como los antiguos jesuitas de Salamanca, todos estos señores han
perdido desde hace mucho tiempo la reverencia y el sentido de la verdad
católica de las premisas, contentándose con la voluntad suprema. Ya no hay argumento,
Santo Tomás ha muerto, y ha muerto el silogismo.
Tomado y traducido de:





